el tercer milagro
agosto 22, 2012 § Deja un comentario
Película notable ésta de la polaca Agnieszka Holland. Un sacerdote postulador, Frank Shore, el «asesino de milagros» (un difícilmente mejorable Ed Harris), se encarga de investigar el caso de una mujer ya fallecida, Helen O'Reagan, a la que unos parroquianos le atribuyen unos cuantos milagros. La cuestión de fondo que se plantea es precisamente la de la fe: hasta qué punto podemos hoy en día creer en la intervención de Dios. Los hechos extraordinarios están ahí, sin duda, pero puede que Dios no tenga nada que ver. Los personajes se dividen en cuatro clases, las cuales representan las únicas situaciones posibles con respecto a Dios. En primer lugar, tenemos a los hombres y mujeres de fe elemental, pero inquebrantable, la mayoría de los cuales llevan sobre un sí una vida devastada por la soledad y la miseria. Son los que imploran la intercesión de los santos… porque ya no pueden hacer nada más. En segundo lugar, aparecen los Frank Shore de nuestro tiempo, aquellos que imbuidos de un legítimo racionalismo se resisten a creer sin pruebas. Ahora bien, no parece que puedan haber pruebas para un racionalismo que, por defecto, no admite la posibilidad de una intervención de Dios. Con todo, Frank Shore arrastra sobre sí el peso de aquel que destruye la última esperanza de los humildes. Y es que esos hombres buenos, a los que los pobres hacen santos antes de tiempo, no parecen tan buenos cuando «el asesino de milagros» comienza a hurgar en su vida. Sin embargo, Frank Shore, el cual atraviesa una profunda crisis de fe, quiere creer. De hecho, sin apenas fe, acabará defendiendo una fe que ya no puede ser la suya. Como si la fe de los otros, fuera la única fe a su alcance. Sus diálogos con el abogado del diablo venido de Roma son, ciertamente, impagables (la lástima es que hayan sido filmados con pulso televisivo). Las grandes preguntas aquí se responden del único modo posible, con un silencio elocuente. En tercer lugar, está la hija de la santa, una joven descreída a la que su madre abandonó por Dios siendo adolescente. Ella ni puede, ni quiere creer. Algo muy normal hoy en día. Ella será la tentación de Frank Shore, su otra orilla. En cuarto lugar, se encuentran los acólitos del poder eclesial, los cuales mantienen una fe por defecto (y, quizá, por eso mismo, defectuosa), en medio, eso sí, de una opulencia insultante. Son los cancerberos de una Iglesia cada vez más alejada del sufrimiento de los hombres. En definitiva, tenemos a un postulador que quiere creer, pero no puede. Al abogado del diablo, el cual se resiste a admitir el milagro que ha visto con sus propios ojos, ya que le obligaría a reconocer la existencia de un Dios arbitrario que atiende solo a los rezos de sus elegidos. Y finalmente a los desamparados, los cuales ni se plantean las lícitas dudas del abogado del diablo, pues dan por hecho, aun cuando no sepan cómo formularlo, que la fe de quien solo puede confiar en Dios es la puerta por la que Dios puede alcanzar la vida de los hombres. Y ahí queda eso. La fe es poderosa, suelta Frank Shore en un momento de la película. Como si la fe bastara, aun cuando no hubiera ningún Dios por en medio. En cualquier caso, es cierto que solo cree quien puede creer. Que tener fe es encontrarse de lleno en la fe, estar poseído por una increíble esperanza. Que la fe, al fin y al cabo, no es una opción para quien evalúa su viabilidad.
