jugar con dos barajas
agosto 23, 2012 § Deja un comentario
Que la tradición cristiana tiene algo de jugar con dos barajas es evidente cuando tenemos en cuenta, por ejemplo, la definición de Dios como aquél que todo lo sabe y todo lo puede. Pues un Dios de esta guisa acaso pueda ser divino, pero en modo alguno alguien. Sin embargo, ¿cuántos cristianos se dirigen aún hoy en día a este Dios como si fuera un Tú? Si Dios es omnisciente y omnipotente, entonces no hay nada en verdad otro para Dios. Y si no hay alteridad que valga para Dios, entonces Dios no puede ser alguien para sí mismo. Esto es, no puede ser un Yo. La razón es muy simple. Las cosas son en verdad algo otro para nosotros porque siempre hay algo que no llegamos a ver en las cosas que vemos. Nuestra percepción de algo no alcanza, precisamente, el carácter otro de eso que vemos. La alteridad es invisible. O, por decirlo de otro modo, siempre podemos preguntarnos qué es, en última instancia, eso que tenemos ahí delante. Aquello en verdad otro tan solo se da en el marco de una interrogación. Por esto mismo, si una mujer, pongamos por caso, es alguien para su amante (y no simplemente carne para comer) es porque el amante reconoce que en realidad no la posee por entero allí donde aparentemente la posee por entero —o también donde no pueda saber quién le interpela en verdad donde ella le interpela—. Te he tenido entre mis brazos y, sin embargo, no te he tenido, dice quien ama. De hecho, la experiencia de la alteridad es el envés de la experiencia de uno mismo como yo, pues un yo siempre es alguien otro para sí mismo, un constante diferir con respecto a lo que se encuentra ahí afuera, incluyendo el propio cuerpo. El carácter otro de lo dado solo puede manifestarse, pues, como límite infranqueable, como resistencia absoluta, como ignotum X. Ahora bien, si esto es así —que lo es—, entonces un Dios omnisciente y omnipotente no puede dirigirse al hombre. Y si no se dirige a nada otro (aunque eso otro sea lo otro de sí mismo), entonces Dios, como decíamos de buen comienzo, no puede ser alguien. No hay Yo sin Otro. ¿Debería sorprendernos, pues, que el destino de la tradición del Dios que todo lo puede y todo lo sabe termine desembarazándose del carácter personal de Dios para hacer de Dios un océano?
(Con todo, se confirma una vez más que los enunciados sobre el Dios judeocristiano solo son inteligibles como formando parte de una puesta en cuestión del sentido religioso de la divinidad o, como suele decirse en bíblico, como afirmaciones pertenecientes a una crítica radical de la idolatría. Pues decir de Dios que es omnipotente supone reconocer que el hombre no se encuentra sometido a Dios donde Dios es simplemente un poder que opera en el mundo, sino solo donde donde Dios se revela como aquél que tiene el mundo en sus manos, como aquél que mantiene el mundo en vilo. Un creyente vive bajo la posibilidad (de momento, incomprensible y misericordiosamente diferida) de la aniquilación del mundo o, como también suele decirse, de un final de los tiempos. El problema surge cuando los dioses han desaparecido del mapa y nos quedamos con unos dichos acerca de Dios que, precisamente porque ya no hay dioses que superar, quedan pendientes de confirmación como si simplemente fueran suposiciones metafísicas acerca de Dios.)