mono-fijación

septiembre 1, 2012 § Deja un comentario

¿Un Dios hecho hombre? Si podemos hacernos una idea de lo que esto supone es porque ya estamos lejos de saber qué es un dios. Y, así, fácilmente damos por supuesto que esto de Dios es como la Belleza en Platón: algo de lo que podemos participar en cierto grado. Pero el cristianismo no dice esto, sino que Dios se da por entero en Jesús de Nazareth. ¿Cómo es esto posible sin que Dios deje de ser, precisamente, Dios? Para imaginar el salto, podemos preguntarnos cómo nos tomaríamos el hecho de que un hombre, de repente, decidiera convertirse en mono. Más aún, que lo decidiera por amor a los monos. Probablemente, diríamos que no está en sus cabales. ¿Acaso esa encarnación no supondría que el hombre renunciaba de hecho a su humanidad? ¿Cómo podrían entender los monos ese gesto? ¿No deberíamos comprender la Encarnación como la enajenación de Dios? De ahí que el único modo de hacer mínimamente inteligible esto de la Encarnación pase por decir que en el hombre hay algo así como una chispa divina que tiene que ser rescatada de la prisión de la materia. El gnosticismo sería, por tanto, la manera más natural de entender el núcleo duro del cristianismo. Jesús, desde esta óptica, sería el enviado que nos mostraría el camino de regreso a casa. Como si los monos tuvieran que ser liberados de su aspecto para que se hiciera visible una humanidad subyacente. Pero la dogmática cristológica se acuña en gran medida para impedir esta lectura de la Encarnación. Pues una cosa es entender al Crucificado como Dios y otra muy distinta ver a Dios como aquél que fue Crucificado. Como si, al fin y al cabo, el cristianismo quisiera decirnos que, mientras tanto, no hay otra presencia de Dios que la de aquél que cuelga de una cruz.

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