un graffiti como introducción a la dogmática cristológica
septiembre 4, 2012 § Deja un comentario
Alguien ha dejado escrito sobre un contenedor callejero que el arte es basura. Según este moralista urbano ninguna obra artística vale —ni por tanto es— lo que pretende. Otra cosa sería haber graffiteado que la basura es arte. Pues en ese caso no se hubiera cuestionado la entidad de la Belleza, así con mayúsculas, sino que simplemente se habría considerado la basura como algo digno de contemplación, al igual, pongamos por caso, que la Gioconda. Así pues, cuando decimos que el arte es basura no estamos simplemente dando una definición alternativa de lo que es el arte, como si, a propósito del hombre, en vez de quedarnos con la conocida definición de Aristóteles, dijéramos que el hombre es un animal errante. Lo que hacemos más bien es quebrar el significado habitual de la palabra «arte». Pues la basura —lo excrementicio, lo nauseabundo— es aquello que en modo alguno puede ser una obra de arte, si es que una obra de arte ha de aspirar por defecto a encarnar lo que debe ser encarnado: la pureza, la perfección, la plenitud del ente. Decir que el arte es basura, por tanto, es como decir que la salud es la enfermedad. El arte es en verdad basura, esto es, algo de lo que debemos apartarnos, desestimar, deshechar. Decir que el arte es basura equivale a decir que no hay arte que valga. Que el arte es una impostura, una ficción, una simulación. Ahora bien solo porque no hay en verdad arte es posible decir que la basura es arte. Tan sólo porque no hay Belleza que representar es posible ver el desperdicio con el aura de lo bello. Donde no hay nada elevado que mostrar no hay nada bajo que apartar. En su caída, la Belleza abarca la totalidad de cuanto existe. Pues bien, la gracia de todo este asunto es que nos permite comprender de un plumazo algo tan aparentemente complicado como la dogmática cristológica. Y, así, de entrada hemos de admitir que una cosa es decir que Dios es aquél que muere como un apartado de Dios y otra muy distinta decir que Jesús es Dios. Sin embargo, aquellos que se quedan con lo segundo sin pasar por lo primero son como aquellos que dicen, mientras mantienen a la Belleza en un pedestal, que la basura es tan bella como la Gioconda. Para ellos Jesús es divino… como para otros pueda serlo el brahman de turno. Pero lo cierto es que si la Belleza sigue ahí, en los cielos, la basura no puede ser en modo alguno tan bella como la Gioconda. Traducción: si Dios sigue por encima de la Cruz —si la Cruz no afecta a la realidad de Dios; si el Crucificado no pertenece a la esencia de Dios—, entonces hay hombres divinos y hombres malditos. Sin embargo, la convicción cristiana es que todos hemos sido alcanzados por Dios debido al sacrificio mismo de Dios. Será cierto, pues, que una Encarnación que no pase por el desplome de Dios no es más que una triste ejemplificación de lo divino.