Stake Land

septiembre 5, 2012 § Deja un comentario

Hace un par de días vi Stake Land, una lograda película indie. Se trata de una mezcla de road movie, Mad Max y La noche de los muertos vivientes. El contexto es apocalíptico y la situación, típica: el mundo ha sido infectado por un virus (se supone) que transforma a los hombres en vampiros (o, también, en zombies, pues aquí caben todos) y unos cuantos supervivientes, entre ellos una monja, intentan llegar a la zona libre, llamada, cómo no, el Edén. La película es entretenida y, probablemente, no pretenda mucho más, pero uno de sus aciertos es el ambiente. Te haces una idea muy precisa de lo que sería un mundo en fase terminal. Pues bien, lo cierto es que esos pocos supervivientes tan sólo pueden avanzar porque poseen una esperanza tangible: hay una tierra en la que los hombres y mujeres pueden vivir a salvo. El impulso que los mueve es el de una salvación al alcance de la mano, como quien dice. La película termina de modo previsible y, en este sentido, permanece en los límites del mito. Hubiera sido interesante que hubiese ido un poco más allá y mostrado la vida en el Edén. Pero entonces habría comenzado otra película, aquella en la que vemos que el Edén es tan sólo un paréntesis, una ilusión. Pues en realidad al vampiro lo llevamos dentro. Todos estamos, en verdad, infectados. Por eso es un error calificar como mítica la visión de Agustín de la humanidad como massa damnata. De hecho, se trata de lo contrario: de esa lucidez que nos arroja fuera de las fáciles consolaciones del mito. De ahí que la pregunta que nos hubiéramos planteado es qué esperanza le queda entonces al hombre. Y la respuesta hubiese sido que o bien ninguna —y de lo que se trata es de sobrevivir— o bien la imposible posibilidad de que el león coma hierba. Como si aquello que el hombre pueda ser dependiera, al fin y al cabo, de la radical trascendencia de su esperanza. Credo quia absurdum.

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