past perfect
septiembre 11, 2012 § Deja un comentario
Para el sujeto nacido de la Modernidad —para ese yo que se sitúa en la posición del espectador—, el pasado o el futuro son simplemente representaciones de la conciencia, esto es: o bien recuerdos o bien expectativas, en ambos casos imágenes cuyo correlato objetivo es cuanto menos incierto. Para este sujeto, no hay otra presencia válida que la de los hechos. Mejor dicho, no puede haber otra presencia que la verificable según las condiciones de la propia receptividad. Por esto le resulta tan difícil comprender el sentido (se)mítico de lo real, un sentido que no nace de unos contenidos mentales que exigen ser verificados, sino de la experiencia de la pérdida. Conforme a este sentido de lo real, en verdad no hay otra presencia que la del ausente. Y así, para la bíblica, el Dios del séptimo día es más real que las fuerzas que atraviesan el mundo de arriba a abajo, las cuales solo llegan a ser divinas para quienes aún permanecen ligados a un sentido espacial de la trascendencia, aquél que divide el mundo en lo alto y lo bajo, lo puro y lo impuro, lo perfecto y lo imperfecto. Ocurre aquí como en el caso de esos hijos que siguen vivos gracias a la muerte del padre. Pues la paternidad solo alcanza su verdad en el sacrificio del padre. El padre se convierte en Padre en su donación. Únicamente entonces los hijos son capaces de ver quien es en verdad su padre. Pues pertenece a la verdad de ser padre el tener que dar la vida por los hijos. Únicamente entonces los hijos pueden proclamar que les ha sido dado un padre. Mientras tanto su padre es, a lo sumo, un buen progenitor: aún puede existir al margen de los hijos. Así pues, solo mediante el sacrificio del padre, los hijos pueden decir que viven por entero sometidos a su eterna presencia. Será verdad que no hay más perfección que la del pasado inmemorial de Dios.
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