cosmocaixa
septiembre 14, 2012 § Deja un comentario
El vínculo que una cultura pueda mantener con la divinidad es indisociable de su cosmología. Una cosa va con la otra. Así, en una visión del mundo como la moderna, los dioses no tienen cabida. Literalmente, no hay lugar para ellos. Y por eso mismo no pueden tener lugar. En el mundo moderno, la creencia en dioses no es por tanto una opción. Los dioses no son hoy en día viables. Quien aún suponga que hay dioses por ahí simplemente se encuentra fuera de lugar. Sería como aquel hombre o mujer que todavía siguiese creyendo en la existencia, indiscutible para un niño, de los reyes magos. En un mundo en donde la división del cosmos en un cielo y una tierra se ha convertido en una división impertinente, los dioses no pueden ser otra cosa que fuerzas más o menos controlables, en modo alguno presencias a las que cabe invocar. Sin embargo, lo que ocurre con los dioses, no ocurre propiamente con Dios. Pues para suerte del creyente, o quizá deberíamos decir para su desgracia, Dios nunca encontró un lugar en el mundo. Ni siquiera cuando aún habían cielos que poblar. En este sentido, Dios nunca fue un dios. De ahí que los textos bíblicos no comprendan su trascendencia como la propia de otro mundo, sino como la de lo otro del mundo. Y lo que esto significa es que Dios, en sí mismo, coincide con esa nada —ese silencio— que abraza el mundo por entero y que, por eso mismo, hace posible que haya mundo. Así podríamos decir que, si hay mundo en vez de nada, es porque, al fin y al cabo, la nada es la eterna posibilidad del mundo.