falla epistemológica
septiembre 18, 2012 § Deja un comentario
La Biblia enseña que el conocimiento del hombre depende del conocimiento de Dios. En cambio, hoy decimos que cuanto más entendemos el fenómeno religioso, más entendemos a los hombres. Es obvio que no es lo mismo encontrarse ante Dios que encontrarse ante aquellos que dicen que se encuentran ante Dios. El primero es un creyente. El segundo, alguien que no puede creer. Pues nadie puede, por ejemplo, entregarse a quien dice amar, en el momento en que se pregunta qué es lo que hace posible que pueda entregarse a quien dice amar. De hecho, si cabe reflexionar en este sentido es porque damos por sentado que el amor no es en verdad lo que los amantes suponen. Los amantes deben suponer de algún modo que su amor obedece a un destino. Pero el hecho mismo de reflexionar sobre esta creencia —el simple hecho de preguntamos por qué creemos que se trata de un destino— ya nos pone en otra posición que la del amante. Y así, el psicólogo que da por seguro que el amor no es más que la resultante de un juego de fuerzas que atraviesan el sujeto y no nada que se decida desde el sujeto mismo, difícilmente podrá amar… en tanto que psicólogo. Si es capaz de amar, es porque deja a un lado lo que sabe acerca del amor, cuanto menos que el amor no es necesariamente amor. De ahí que el hombre moderno, en tanto que espectador de sí mismo, no pueda superar la escisión entre los supuestos implícitos de lo que hace y un cierto saber acerca de lo que hace. El hombre moderno, por decirlo con otras palabras, no puede integrar el hecho de formar parte del mundo —el hecho de estar en medio de la escena— y el hecho de estar situado en la posición del espectador, a menos que alcance esa sinceridad que caracteriza a los buenos actores. Quizá tenían razón aquellos que en los albores de la Modernidad entendieron el mundo como el gran teatro del mundo.