psicologías

septiembre 21, 2012 § Deja un comentario

A veces pienso que, hoy en día, quien se dirige a Dios es porque puede. Es decir, hay quien no puede dirigirse a Dios… aun cuando quisiera. Pues donde Dios no se da por descontado —donde no damos por hecho que nos encontramos bajo Dios—, que tu posición vital sea la de quien permanece abierto a lo que le supera, o bien, la de aquél que se niega a admitir cualquier tipo de trascendencia, dependerá de cuál sea tu modo de ser, tu carácter, tu psicología. En último término, dependerá de cuál sea o haya sido la relación con tu padre. La ventaja de los tiempos en donde nadie ponía en cuestión la realidad de Dios —aun cuando esa realidad sea la de un Dios inexistente— es que incluso aquellos que, por su particular modo de ser, fueran incapaces de estar ante Dios, pudieran de hecho estarlo. Pues aun cuando no pudieran, no tenían más remedio que estar ahí. Fueras capaz o no de dirigirte a Dios, debías responder a Dios. Podríamos decir que el mundo creía por ti. Ahora bien, esos tiempos eran una ventaja, siempre y cuando sea verdad que hay Dios. Si Dios es una ficción, entonces nuestros tiempos son mejores. Pero si Dios es verdadero —si Dios es el Dios que debe acontecer aunque su acontecimiento ponga fin al mundo—, entonces nuestros tiempos son, sin duda, tiempos de miseria. Otra cosa, sin embargo, es que admitamos que esta distinción entre el homo religiosus y el secular es en el fondo irrelevante. Que, del lado del hombre, nadie se encuentra en una correcta situación ante Dios. Que nadie que todavía confie en su posibilidad, aun cuando esta sea religiosa, es capaz de Dios. Pero en ese caso ya nos encontramos en el territorio comanche de la experiencia bíblica de Dios, la cual, como sabemos, tiene muy poco de religiosa.

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