creer
septiembre 28, 2012 § Deja un comentario
Creer, esto es, de qué (de)pende tu vida, en manos de quién estás. Si de la posibilidad de unirse a Dios —de ser uno con él—, entonces no crees, sino que confías en las oportunidades de un saber acerca de Dios. Pues quien cree en la resurrección de la carne, no cree en las promesas de la ascesis, a saber, en la posibilidad de la gran transformación por la vía del hábito, nunca mejor dicho, sino en la posibilidad de la transfiguración. La carne, esto es, la vida por entero, mierda incluida, van con el salvado. Pues si somos salvados, no es porque al fin hayamos logrado desprendernos de nuestra mierda, sino porque alguien en nombre de Dios la abrazó por entero. Si el hombre es capaz de Dios, no es porque pueda vaciarse de sí mismo hasta el punto de hacerle un hueco a Dios, sino porque Dios nos coge de la mano, como quien dice, estemos donde estemos, seamos monjes o putas, para ponernos en esa situación en la que no podemos hacer otra cosa que responder, sea confesando o negando. Es Dios mismo quien se hace un hueco en nuestro interior, quien nos vacía por dentro por el poder mismo de la palabra —el llanto, el clamor— de las víctimas. Es ese poder el que nos reclama, alcanza, abraza por entero, aun cuando tengamos varios baños pendientes (que los tenemos). De hecho, si hemos de hacer caso a los relatos evangélicos, parece más bien que Dios solo puede cogernos de la mano donde admitimos el fracaso de nuestra pretensión de aproximarnos a Dios. Un creyente es, así, aquél cuya vida se encuentra enteramente sometida a la pregunta que Dios le arroja a Caín, la pregunta por el hermano, pues no parece que haya otra presencia de Dios que aquella que interroga al hombre de raíz. La vida del creyente (de)pende del hilo de esta interrogación. De ahí que un creyente esté convencido que ponerse en manos de Dios equivalga a ponerse en manos de quien se encuentra fuera del mundo, de aquellos que no cuentan, los abandonados a su suerte, los sin Dios. Ellos decidirán el sí o el no de nuestra existencia. Ellos y no otros son los verdaderos ángeles de Dios.