vocaciones

septiembre 28, 2012 § Deja un comentario

Necesitamos vocaciones sacerdotales como necesitamos el agua. No me refiero a la necesidad de que haya quienes desempeñen el oficio del sacerdote, sino a la de que haya quienes quemen las naves en nombre de Dios para ponerse en manos de los sin Dios. Necesitamos el sacrificio —el milagro— de esas vidas. Cristianamente vivimos de su fe. Su fe —su fidelidad, su obediencia— es la razón de nuestra esperanza, de que podamos abrir justificadamente nuestra existencia a la imposible posibilidad de Dios. Pues, como decía san Pablo, no nos justifican —no nos sitúan ante Dios—, ni nuestras buenas obras, ni nuestras creencias acerca de la naturaleza de Dios, sino la fe de los crucificados en nombre de Dios. Tan solo ella nos coloca correctamente ante Dios, pues cristianamente no hay otra presencia de Dios que la que encarnan esos que entregan su vida a los muertos, en nombre de un Dios que, por encontrarse más allá, se encuentra más allá del tiempo. Creer otra cosa —creer, por ejemplo, que me basta con mi 'experiencia' pequeño burguesa de Dios— es creer, ciertamente, en otra cosa. En este sentido, cada vez me cuesta más entender la pastoral de las comunidades progres, la cual parece más preocupada por la promoción del buen rollo transconfesional que por la misión. Pues a veces creo que tan solo bastaría con que unos pocos creyentes dijeran, en vez de lo habitual («vine amb nosaltres que t'ho passaràs bé«), aquello que les dijo Ernest Shackleton a los que acabarían siendo su tripulación: pasaremos hambre y sed; y es posible que no regresemos, pero hemos de cruzar la Antártida. Quien quiera pueda dejarlo ahora.

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