hierofanía

septiembre 30, 2012 § Deja un comentario

Es sabido que Rudolf Otto, en su clásico estudio sobre lo santo, entiende la manifestación de lo divino como la irrupción del misterio, el cual, a diferencia del enigma, es irresoluble. En este sentido la aparición de lo numinoso es tan fascinante como terrible y, por eso mismo, su experiencia es, por defecto, irracional. Uno no sabe qué decir ni qué hacer ante la incursión de lo santo. Ahora bien, en un mundo que ha abolido la distinción entre el cielo y la tierra —o, lo que es peor, en donde lo alto se define en términos de lo bajo—, la aparición de lo santo no puede comprenderse de otro modo que como la aparición de la Cosa, la cual habita en las profundidades abisales del inconsciente. En términos de Lacan, la Cosa se muestra como la integración de los contrarios que la psique humana necesita escindir para su misma supervivencia. La Cosa es, por tanto, lo Real, algo tan nauseabundo como irresistible. La Cosa es el origen [olvidado] del mundo… tal y como queda expuesto en el cuadro de Courbet (y no es casual que la pintura fuese propiedad de Lacan). Para el psicoanálisis, al menos para el lacaniano, el mundo humano únicamente es posible como esa construcción que se erige sobre los fundamentos de lo Real, los cuales, en tanto que fundamentos, tienen que permanecer sepultados. Hay mundo porque lo Real fue dejado atrás en nuestro habitar el mundo. De ahí que la experiencia humana de la alteridad solo pueda darse como una interrogación por la alteridad perdida en nuestra experiencia de las cosas de este mundo, es decir, como eso que, al fin y al cabo, queda fuera de nuestra receptividad y que, de aparecer, tan solo podría provocar nuestra parálisis. No es casual que el Dios bíblico se sitúe por encima del Caos —del mundo como Cosa—. Pues quizá solo un creyente haya comprendido que tan solo un Dios que se encuentre más allá de lo santo puede liberar al hombre de la prisión de lo Real.

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