lumen Dei
septiembre 30, 2012 § Deja un comentario
Dios no es la luz. En todo caso, la luz es de Dios. Como también la oscuridad. O mejor dicho, la distinción entre la luz y la oscuridad son debidas a Dios, a su Voluntad o Mandato. Así, la diferencia entre la luz y la oscuridad no pertenecen al orden del ser, sino al de una existencia que se encuentra sometida al Mandato de Dios. El mundo en sí mismo es Caos, la dureza pétrea de un pura exterioridad, la cual permanece impasible al clamor de los hombres. El Caos no es, por tanto, un lío originario, sino la indiferencia de una totalidad para la que da igual un genocidio que un nacimiento. Cuando el mundo se muestra como ese Caos que en definitiva es, todas las suposiciones del hombre, todas las imágenes del bien y el mal, se revelan como ilusorias. Por eso, la imposible bondad de quien responde a la demanda de las víctimas allí donde no cabe una respuesta humanamente digerible se revela como la grieta que abre el mundo a una trascendencia que solo puede comprenderse como la de un deber ser más allá del ser. Se equivocan, pues, quienes identifican a Dios con la luz, pues la luz, en tanto que de Dios, solo acontece donde el hombre responde a la Voluntad de Dios, esto es, donde ofrece su vida para que los muertos puedan renacer. Y esto tan solo ocurre en donde ya no hay luz que el hombre pueda reflejar.