unas horas antes de morir
octubre 6, 2012 § Deja un comentario
Si hay un momento de la verdad, entonces la verdad tiene su momento. Ciertamente, esto no vale para las verdades científicas. No vale para «la nieve es blanca» o «el cielo es estrellado», sino para todo cuanto podamos confesar sobre la vida y la muerte, lo que debemos hacer o evitar, el bien y el mal. Así, supongamos, por ejemplo, que alguien afirma que «nos encontramos en manos de Dios». ¿Es esto de hecho cierto? Únicamente mientras los tiempos lo den por hecho. Pero, cuando no, tan solo cabe apelar a aquellos que encarnan esta verdad. Ahora bien, uno solo puede encarnarla ante la inminencia de la propia muerte. Si aquellos que la proclamaron mientras vivían, dan marcha atrás en el momento de la verdad y se ponen a lloriquear; si en el momento de la verdad se dejan llevar por la desesperación —cosa muy comprensible, por otro lado—, entonces sus palabras caen en saco roto y se convierten en paja. Si no hubiera habido nadie que hubiese muerto de rodillas poniéndose en manos del Dios que guarda silencio —si nadie hubiera muerto diciendo sigo sin comprender, pero que sea lo que Dios quiera—, entonces aquellos que temblamos ante la sola posibilidad de la muerte, no podríamos decir en verdad que estamos en manos de Dios. Tenía razón Tertuliano cuando proclamaba que la sangre de los mártires es la semilla de la fe, pues hay ciertas verdades que solo pueden darse como acontecimientos, esto es, como eso mismo que acontece. Son las que denominamos últimas. Y si esto vale para ellas, mucho más para Dios, mejor dicho, para el Dios cristiano. Si nos tomamos en serio esto de la Encarnación, Dios no puede darse por sentado. En este sentido, cristianamente decimos que si aún cabe depender de Dios es porque Dios quiso depender del hombre. O, por decirlo de otro modo, si podemos aún encontrarnos ante Dios —si cabe todavía una presencia de Dios— no es porque aún podamos honestamente dar por hecho que hay Dios, pues honestamente no podemos hacerlo, sino porque el Crucificado, en el momento de la verdad, en vez de retirarse por la puerta de atrás, soportó sobre sus espaldas el peso de la extrema trascendencia de Dios. Así, hay Dios, mejor dicho, podemos contar con su Palabra porque hubo quien siguió fielmente sometido a Dios —al Mandato que deriva de su Silencio— allí donde nadie puede decir humanamente que hay Dios.