cabe Sócrates
octubre 8, 2012 § Deja un comentario
Partimos de una posición vital, de una actitud. O bien, de entrada nos encontramos abiertos a lo que nos supera, o bien permanecemos curvados sobre nosotros mismos. O bien buscamos o bien husmeamos. Que nuestra posición sea una u otra —que nuestro modo de ser sea así o asá— probablemente dependa de cuál haya sido nuestra infancia. Pero, en cualquier caso cabe preguntarse si hay en verdad algo que buscar o, por el contrario, si no será verdad que hay más cera que la que arde. Esto es, en cualquier caso es posible cuestionar la visión de las cosas que va con nuestro modo de ser. En cualquier caso es posible examinarse, tomar una cierta distancia con respecto a uno mismo en nombre de la verdad. Ahora bien, el que podamos interrogarnos sobre la verdad de nuestras búsquedas o necesidades, ya nos arroja a la situación de aquellos que solo saben de su ignorancia. Pues para resolver la pregunta que se interroga sobre la verdad de nuestra visión más elemental de las cosas —aquella que da por hecho, pongamos por caso, que hay un más allá— uno debería dejar de ser quien es, debería abandonar el cuerpo. Y eso no es posible sin, en algún sentido, morir. Desde uno mismo, no cabe resolver la cuestión que pone en cuestión la creencia básica en la que uno se encuentra. Pues donde arraiga la sospecha ya no es posible regresar, seguir habitando en esa creencia en la que inicialmente nos hallamos. Quien se interroga seriamente sobre sí mismo permanece de por vida en suspenso… a menos que la cuestión ya no sea la verdad de esas creencias básicas, sino aquella que se interroga por lo que en verdad tiene lugar. Por eso, cuando desde la religión se apela a las verdades del corazón deberíamos distinguir entre el corazón de quien se dirige al más allá y el de quien regresa de un más allá que no es más, pero tampoco menos, que nada. En el primer caso, el corazón es demasiado nuestro como para que dé testimonio de algo que no sea el yo, aun cuando ese corazón apunte a los enigmas de otro mundo. Sin embargo, en el segundo el corazón no puede evitar arraigar en este mundo como si fuera el otro.