matrimonio

octubre 9, 2012 § Deja un comentario

Hoy en día exigimos de la vida en pareja lo que difícilmente puede dar de sí. Exigimos la comunión de las almas, una pasión interminable. Como si cualquiera tuviera derecho a lo extraordinario. Nos equivocamos. Y es que, en el mejor de los casos, lo ordinario es una relación amable, un buen trato. No es causal que el mundo de la pareja produzca hoy en día tanta frustración. Ya no sabemos de qué va el juego. Cuando nos relacionamos con el otro no salimos del supermercado: como si el otro solo estuviera ahí para satisfacer nuestro deseo; como si su papel solo consistiera en tener que gustarnos. La pareja es, antes que nada, un buen progenitor o un buen compañero, alguien a quien profesas un gran cariño. Y los tiros, de haberlos, van por otro lado. Más que suficiente. Ahora bien, lo cierto es que hay quienes se aman de verdad, como quien dice. Son quienes se encuentran en deuda con el otro o, mejor dicho, quienes saben reconocerla. Su vínculo es de hecho indestructible. Como el que pueda mantener una madre con sus hijos. Y es que como sabe cualquiera que haya engendrado, los hijos te dan la vida que recibieron de ti y, por eso mismo, les debes la vida que les diste. Los amantes siempre se deben la vida. No hay divorcio que pueda separarlos. Ni tampoco muerte. Pues a quien ha amado en verdad le resulta difícil, por no decir inviable, rehacer su vida, una vez muere aquél a quien amo, se trate del padre, la esposa, el hijo… Por tanto, el amor es posible. Pero solo a la manera de un milagro. De ahí que, con respecto al amor, uno solo pueda esperarlo más allá de toda expectativa, la cual, de ser sensata, debería circunscribirse a lo que la vida puede dar normalmente de sí.

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