marcar la piel
octubre 12, 2012 § Deja un comentario
El rito no es ninguna estupidez, sino el único modo de preservar la verdad de los últimos días. Pues quien no comprende que el tiempo de la verdad se encuentra, en cierto sentido, fuera del tiempo ordinario, difícilmente podrá entender la inquietud religiosa, aquélla en la que los hombres, ante la erosión propia del tiempo cotidiano, se preguntan cómo religarse a la visión que les fue revelada en el momento de la verdad. El tiempo cotidiano es el tiempo de nuestra falta de integridad, el tiempo de la dispersión, de la inmediatez, de la esclavitud, de la muerte en vida. El tiempo en donde incluso el hablar de las últimas cosas se muestra como una forma, aunque sofisticada, de distracción. Por eso es vital marcar ese tiempo con ritos, con palabras o prohibiciones incuestionables, con los signos de otros tiempos. Así, cabe perfectamente imaginar que, cuanto menos, algunos de los judíos que sobrevivieron a los läger, con la intención de tener presente el carácter dado o, mejor dicho, milagroso de su vida actual, decidieran tatuar en el brazo de sus hijos el número con el que ellos, sus padres, entraron en el campo. Un judío siempre es un judío. Llevan en sus genes la tradición bíblica, aquella que hace de sus fieles hombres y mujeres que, en nombre del Dios por-venir, permanecen fijados a un pasado inalterable: no olvides quién eres, a quién le debes la existencia, de donde viene la vida que te ha sido dada. Es cierto que la re-ligión, si ha de diferenciarse de la magia o la técnica espiritual, solo puede sostenerse sobre la memoria. Y en este sentido, el número sobre la piel insertaría la verdad en el tiempo ordinario, el tiempo que no quiere saber nada de la verdad, el tiempo del cuerpo. Sería, no cabe duda, la nueva circuncisión. Sin embargo, lo cierto es que la religión, por sí sola, tampoco salva y esta fue una de las grandes intuiciones de Pablo. Pues solo hace falta que pasen unas cuantas generaciones para que el rito se convierta en letra muerta. O, por decirlo con otras palabras, para que lo que debería preservar la verdad, la encubra. No será necesario que pasen muchos años para que muchos crean que tan solo por llevar el número encima ya son de los elegidos. De ahí que cristianamente digamos que el único modo de permanecer ante el Crucificado —de preservar la experiencia del Dios que se revela en la Cruz— sea llevando al centro mismo del ritual eucarístico la voz —el clamor— de los crucificados con los que Dios, a través precisamente del Hijo, se identificó de una vez por siempre. Pues cristianamente el pasado solo puede sostener un presente, si la voz de lo muertos de ayer se escucha en la de los crucificados del hoy, la voz de quienes reclaman esa vida que les fue arrebatada injustamente antes de tiempo.
