cortacesped
octubre 13, 2012 § Deja un comentario
Donde surge la pregunta por la verdad de nuestra idea de Dios, ya no vuelve a crecer la hierba creyente. Pues quien se interroga sobre este modo, por el simple hecho de interrogarse, ya se encuentra fuera de la situación en la que cabe creer. Dios no puede darse para quien se pregunta por la existencia de Dios. O, lo que viene a ser lo mismo, la verdad de Dios no puede tener lugar como demostración de nuestra idea de Dios. La mujer a la que se le aparecen sus hijos, fallecidos en las cámaras de gas, en los huérfanos de Israel no puede poner entre paréntesis su visión —no puede sospechar de ella— sin que deje de ver lo que ve. O mejor dicho, sin que deje de ser quien es. Ella es, precisamente, la que ve a sus hijos como huérfanos de Israel. Ella es quien se encuentra en medio de esta visión. Ocurre aquí como en el caso de los amantes. Que el solo hecho de preguntarse si se aman —o si saben lo que dicen cuando dicen que se aman— ya dinamita de por sí la relación. Los amantes que intentan comprender su amor desde fuera dejan de ver la invisibilidad del otro rostro que solo como amantes pueden ver.