cuestiones creyentes
octubre 13, 2012 § Deja un comentario
Un Dios que renuncia a sus atributos es como un rey que abdica: no puede seguir siendo divino. De ahí que la Encarnación, si es que no hemos de entenderla a la manera del antiguo docetismo, esto es, como si se tratara de un dios paseándose por la tierra, no puede comprenderse como un dejar de ser dios de Dios. Dios sigue valiendo como Dios donde se encarna en el Crucificado. Sin embargo, ya en los primeros textos del cristianismo encontramos que la Encarnación va con la kénosis —el vaciamiento, la humillación— de Dios. Es decir, Jesús de Nazareth no es divino porque participe de la divinidad de Dios. En la Encarnación, algo le ocurre a Dios. Proclamar la Encarnación de Dios supone proclamar que Dios se da por entero en el Crucificado. Sin embargo, esto tiene lugar de tal modo que nos vemos igualmente empujados a decir que el Crucificado se da por entero en Dios. Así, ni el darse de Dios anula la humanidad de Jesús de Nazareth, ni el darse de Jesús de Nazareth anula la trascendencia de Dios. Ahora bien ¿cómo es esto posible?¿Cómo entender el descenso de Dios sin que ello suponga que Dios deja de ser Dios? ¿Qué alternativa sensatamente viable puede tener lugar entre un dios con apariencia humana y un Dios que renuncia a su divinidad? ¿Cómo, en definitiva, afirmar la identidad entre Dios y el Crucificado sin caer en el docetismo o en las vueltas de tuerca de un ateísmo encubierto? De hecho, el dilema es insoluble si seguimos concibiendo la realidad de Dios en términos espaciales, como si Dios fuera ese ente todopoderoso que habita en otro mundo, por encima de nuestras cabezas. Tan solo, si Dios se encuentra fuera del tiempo y, por tanto, carece de entidad; tan solo si Dios, en sí mismo, es ese silencio que mantiene la Creación en vilo; tan solo si el tiempo de la Historia es el tiempo en donde Dios se encuentra por-venir o en adviento, cabe decir que, en el presente, no tenemos más Dios que ese hombre que perdona a sus verdugos colgando de una cruz. Dios se aparece —se revela— en Jesús sólo porque no hay Dios que encarnar, en el sentido platónico de la expresión. O, por decirlo con otras palabras, porque no hay Dios que representar —porque Dios no es un arquetipo que, desde el más allá, pueda ejemplificarse en mayor o menor medida en el más acá—, Jesús, al cargar sobre su espalda el odio del mundo, puede ocupar el lugar de Dios. Cristianamente estamos obligados a admitir, pues, que no hay otra presencia de Dios que la de esos cuerpos que, abandonados de Dios, responden a su voluntad.