sobre el Credo (1)

octubre 23, 2012 § Deja un comentario

Nadie que aún confíe en su posibilidad, aun cuando esta posibilidad se encuentre religiosamente garantizada por una imagen de Dios, puede creer honestamente en Dios. Creer es confiar en la promesa increíble de Dios —en la fecundidad de la vida de Dios donde no parece que pueda haber más vida— y que, por eso mismo, tan solo el maldito, el desarraigado que ya no puede esperar nada del mundo, se encuentra en la situación de creer en la imposible posibilidad de Dios. Abraham confía en la increíble fecundidad de una vida que solo puede experimentarse a sí misma como debida por entero a Dios. Creer no es, por tanto, suponer que hay Dios, como quien supone que existen los marcianos, sino encontrarse enteramente sometido a la promesa de Dios, a su voluntad o mandato (pues promesa y mandato son dos caras de una misma moneda): vivirás más allá del desierto, de la esterilidad, de la muerte, esto es, debes vivir en nombre del Dios que te ha dado la vida, precisamente, porque no se encuentra ahí, por encima de nuestras cabezas, para garantizarla. Cree quien, como Abraham, no es más que esa confianza. Por eso decimos creo en Dios y no creo que Dios. Nadie dijo que esto del creer esté en manos del hombre. Nadie dijo que la fe sea una posibilidad de quien ha hecho de este mundo un hogar. Sin embargo, sí que está en nuestras manos escuchar la voz de quienes creen (y permitir que esa voz vaya alterando nuestra satisfacción). Aunque nadie en su sano juicio pueda preferirlo.

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