Bellvitge
octubre 28, 2012 § Deja un comentario
El otro día en una eucaristía popular, después del Credo, se pusieron a cantar aquello de que Dios no nos juzga. La verdad es que esto de las misas progres no deja de desconcertarme, pues en el Credo encontramos, precisamente, aquello de que vendrá a juzgar a vivos y a muertos. Ciertamente, vivimos tiempos en que esto del juicio no mola, tiempos maternales. Pero nada serio sucede, si no creemos que tendremos que pasar cuentas. De hecho, la experiencia del don va con la de juicio. No otra cosa parece querer decirnos la parábola de los talentos: cuanto más recibes, más debes. Quien experimenta su propia vida como esa vida que le ha sido dada dentro de un plazo no puede dejar de preguntarse qué debe hacer con su vida. Quien cumple con la voluntad de Dios es aquel que no puede físicamente pasar de largo ante quien sufre de hambre y de sed. Y esto está muy cerca de sentirse juzgado por la mirada de los pobres, nuestros hermanos. Un creyente es alguien que se encuentra en deuda con aquellos con los que Dios se identifica. Ciertamente, nos juzga en mayor medida el perdón de una madre que las exigencias del padre. Ciertamente, un cristiano cree que la absolución va por delante. Pero esto no significa que no haya juicio, sino que el verdadero juicio, el que nuestra entera existencia (de)penda de un Sí o un No inapelables, comienza cuando somos perdonados por quienes tienen todo el derecho a condenarnos, las víctimas cuyo clamor obliga a Dios a salir de su ensimismamiento. Así, quien no admite su perdón se condena definitivamente, esto es, permanece en la muerte. En cambio, quien lo acepta y, por consiguiente, se pone en sus manos, alcanza la vida que no cesa. Sin juicio, pues, difícilmente iremos más allá de nuestro ombligo. Quienes creen —y lo que es peor, cantan— que Dios no nos juzga probablemente necesiten un dios-consolador. Y, así, en medio de sus necesidades, olvidan que la intransigencia del Dios bíblico es la otra cara de nuestra impiedad.