Dios y los dioses

noviembre 1, 2012 § Deja un comentario

La superstición no es la infancia de la fe, sino del paganismo, pues el dato inicial del paganismo es un mundo repleto de dioses. El supersticioso percibe el mundo como mundo animado. Todo está lleno de presencias invisibles para quien sufre de superstición, presencias que o bien se encuentran al acecho del hombre, o bien le amparan. Mientras los espectros campen a sus anchas, los hombres no tienen más remedio que recurrir al mago, invocando la protección de los dioses buenos y repeliendo el asalto de los demonios. La cosa cambia cuando los hombres consiguen recluir esas presencias en los bosques que rodean la polis. Siguen habiendo dioses, pero a buen resguardo. El bosque como templo. El templo como bosque. La polis se convierte en un espacio libre de dioses, un espacio en donde los hombres únicamente deben tener cuidado de los demás hombres. Tan solo hace falta que comience la tala de bosques —tan solo hace falta que el mundo se convierta en una megalópolis— para que los dioses desaparezcan del mapa. El temblor que provocaba una presencia invisible deja paso a la confianza que dan las técnicas de la organización. La alteridad del dios se convierte o bien en el tema del poeta —en un motivo para la nostalgia—, o bien en el centro de la especulación filosófica. Como si al fin y al cabo, la relación con el carácter otro de lo real, lejos de ser ya epidérmica, solo pudiera recuperarse por la vía de la abstracción. Hasta aquí la historia del paganismo. Cabe con todo, otra historia con respecto a lo real. Es la vía de los esclavos de Egipto, la de aquellos que, en un mundo de dioses protectores, no parece que tengan un dios que les ampare. ¿Dónde está tu dios? tienen que escuchar una y otra vez el pueblo elegido de boca de sus enemigos. Ahora bien, fueron estos esclavos quienes hicieron de la falta de Dios, un Dios. O mejor dicho, de la ausencia de Dios, el sello de una trascendencia aún más radical que la de los cielos. La presencia de Dios no es, pues, como la de los dioses, la cual se entiende en cualquier caso como la de aquellos poderes que atraviesan, para bien o para mal, la existencia de los hombres. La presencia de Dios es la de su ausencia. El mundo entero queda marcado por un Dios en falta como para unos padres queda transfigurado el hogar después de la muerte del hijo. Dios —el Dios del cual solo tenemos un nombre impronunciable, un nombre con el que solo cabe nombrar en falso— únicamente puede revelarse como verdadero por impugnación del carácter divino de las presencias invisibles que atraviesan el mundo. Pues no hay otra presencia de Dios que el rostro de quienes soportan su trascendencia. Como en el caso de los dinosaurios, de Dios tan solo tenemos huellas. Con todo, y a diferencia de lo que ocurre con los dinosaurios, un creyente no puede dejar de esperar, contra toda evidencia, el regreso de Dios. La audacia es, sin duda, infinita.

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