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noviembre 1, 2012 § Deja un comentario
La espiritualidad transconfesional no sabe qué hacer con la alteridad de Dios. Para quienes defienden una concepción oceánica de Dios, no hay otra alteridad que la de nuestro cuerpo con respecto a Dios. Alteridad sería, pues, separación. Y la separación es pecado, una situación que debe repararse haciendo lo debido. Por eso suelen decir que el único modo de reconciliarse con Dios pasa por desprenderse de todo cuanto encubre nuestra verdadera naturaleza —de todo aquello que nos permite decir yo— para disolverse en el mar de Dios. Nuestro deseo de Dios responde, pues, al hecho de que, en el fondo, somos agua. Deseamos el agua que nos falta debido a que un yo que crece a sus expensas. El yo es la raíz de nuestra desdicha. Y, ciertamente, esta es una manera de ver las cosas, una manera acorde con nuestra necesidad de regresar al útero materno. Dios como sustancia. Dios como matriz. Cabe, sin embargo, que la verdad de Dios se encuentre en tierra firme o, mejor dicho, en esos desiertos donde el mar no es más que un espejismo. Que Dios en verdad no sea sustancia, sino insustancial. Pues es posible que únicamente un Dios sin entidad nos obligue a responder a la llamada de quienes sufren como si tan solo ellos pudiesen ocupar el lugar vacante de Dios.