sobre el Credo (3)

noviembre 4, 2012 § Deja un comentario

¿De qué hablamos cuando hablamos de un Dios todopoderoso? Poder es poder hacer, poder vencer una resistencia, poder ir más allá de donde uno se encuentra. Quien tiene poder se enfrenta a su posibilidad. ¿Hemos de entender, así, el poder de Dios como el de quien puede intervenir a la manera de un deus ex machina? De hecho, muchos lo entienden así. Pero un Dios que se encuentra más allá de la Creación —fuera de la totalidad, cielos incluidos—, un Dios que, en sí, se revela como el silencio que cubre por entero todo cuanto es, no parece que pueda ser comprendido como una explicación de las cosas que pasan. Esto es, no puede ser reconocido como una de las fuerzas del mundo, aunque se trate de una fuerza mayor. El Dios de la Creación es todopoderoso en el sentido de que puede con el todo. Quien es alcanzado por el Dios verdadero —quien se encuentra sometido a Dios como Señor—, experimenta el todo como no-todo, esto es, como (de)pendiente de una última palabra. Dios, en tanto que todopoderoso, mantiene el mundo en vilo, entre la posibilidad de la aniquilación y la misericordia. En este sentido, la Historia es un tiempo de gracia. Todo cuanto podamos decir cristianamente de Dios lo decimos desde un encontrarse sub iudice, esto es, en manos de un Dios que decidirá el Sí o el No de nuestra entera existencia en el final de los tiempos, los tiempos de Dios. Creer en Dios es confiar, pues, en el poder de su absolución, un poder que ya se hizo efectivo en la Cruz como poder capaz de resucitar a los muertos, es decir, como ese poder que nos hace capaces de responder a Dios en el seno mismo de nuestra muerte o falta de piedad. El poder de Dios se manifiesta en su poder ir más allá de sí mismo, en su entrega o sacrificio, el cual hizo posible, precisamente, la victoria sobre la muerte, sobre la consubstancial impiedad de los hombres, sobre nuestra esencial resistencia a Dios. El poder de Dios es el poder de su humanamente inabarcable misericordia. Y es que tan solo ella nos obliga en verdad. Tan solo ella nos sitúa en la correcta posición ante Dios o, por decirlo en el lenguaje de Pablo, tan solo ella nos justifica. En definitiva, confiar en el poder de Dios es confiar en la imposible posibilidad de Dios —en su mundanamente inviable por-venir—, allí donde ya no cabe seguir confiando en la intervención de un dios que nos saque las castañas del fuego. Pues lo cierto es que para el hombre todo comienza en realidad más allá de la muerte.

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