transconfessional: comentarios a la teología de Javier Melloni (9)

noviembre 12, 2012 § Deja un comentario

Desde Paul Tillich, muchos de quienes se dedican a reflexionar esto de la fe, prefieren recurrir a la metáfora de la profundidad, en vez de aquella tradicional de las alturas. La razón parece evidente: en un mundo en donde la distinción entre los cielos y la tierra ha dejado de ser operativa, no tiene sentido seguir ubicando a Dios ahí arriba. Dios ya no se encontraría en lo más alto, sino en lo más profundo del cosmos y, por extensión, de nosotros mismos. Con ello se pretende evitar el antropomorfismo propio de una fe demasiado vinculada a las imágenes de la infancia. Sin embargo, la metáfora de la profundidad no está exenta de equívocos. De hecho, la mayoría de quienes la emplean, difícilmente pueden evitar la tentación gnóstica o, lo que es casi peor, la del panteísmo. Desde esta óptica, Dios sería la sustancia del mundo, su fundamento, la última cosa, algo así como el éter en el que habitamos. Sin embargo, la Biblia se escribe para evitar esta lectura de Dios. Un creyente es aquel que se encuentra sometido a la altura de Dios, a su inaccesible trascendencia. Dios es el altísimo y, por eso mismo, Señor. Porque Dios se encuentra más allá de los cielos —fuera de la Creación—, la voz de los sin Dios se le revela como la voz imperativa de Dios. ¿Dónde está tu hermano? Que el hombre sea imagen de Dios no significa, pues, que esté hecho con la misma sustancia de Dios, sino que, en tanto que imagen, se encuentra falto, precisamente, de sustancia divina. El hombre es el que se encuentra donde encuentra a Dios en falta. Su destino no es el de participar de una supuesta sustancia de Dios, sino el de responder a su llamada. Cuando prescindimos de su altura, tarde o temprano acabamos prescindiendo de Dios.

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