gran Chalo
noviembre 17, 2012 § Deja un comentario
Dice Chalo en la última sesión del seminario interno del CJ: Dios está ausente como Padre, escondido como Hijo y presente como Espíritu. Cierto. Aunque me atrevería a decir que Dios no se halla ausente propiamente como Padre, sino como Dios en sí, esto es, como dios que interviene eficazmente en el mundo. Pues diría que, bíblicamente, es la falta de Dios, la que revela la paternidad de Dios, esto es, la común filiación de los hombres, el hecho de que somos la huella de Dios y, por eso mismo, hermanos. Tan solo desde la radical trascendencia del Dios bíblico —desde la imposibilidad de Israel de responder a la pregunta sobre la efectiva presencia de su Dios (¿dónde esta tu Dios? tenían que escuchar una y otra vez el pueblo elegido de boca de sus enemigos)—, los hombres podemos caer en la cuenta de que únicamente nos tenemos los unos a los otros. Que encontrarse bajo Dios es encontrarse enteramente sometidos al carácter sagrado de la vida humana, al mandato del no matarás. La experiencia veterotestamentaria de la paternidad de Dios es, pues, inseparable de su insobornable trascendencia. La hermandad de los hombres está hecha con los materiales de una común orfandad. Somos los que fuimos arrojados al mundo. Más aún: porque Dios es lo otro del mundo —porque Dios en sí mismo se encuentra más allá de la Creación como ese silencio que la abraza por entero y la mantiene, por eso mismo, a la espera de una última palabra—, el mundo puede dársenos como la posibilidad de otro mundo, de un mundo en donde el león comerá hierba. Ahora bien, lo cierto es que la experiencia cristiana de Dios modula, por no decir transforma, la experiencia veterotestamentaria de la paternidad de Dios. Nuestra común filiación ya no es más debida a la ausencia de Dios, sino sobre todo a su sacrificio, su entrega, su amor. La Cruz revela que papá ha vuelto a casa por Navidad… aunque esa vuelta no tiene lugar tal y como la hubiéramos humanamente deseado. En la entrega del Hijo, Dios se nos da como el Padre que va en busca de los hijos perdidos. Es la entrega del Hijo—su obediencia, su fidelidad a Dios en donde Dios brilla por su ausencia— la que revela cristianamente el otro lado de la paternidad de Dios. Es el Hijo el que hace cristianamente padre al Padre. Pues no hay que olvidar que la común orfandad de los hombres se encuentra, por sí sola, marcada con el sello de la muerte, de un existir de espaldas a Dios. El hombre como huérfano de Dios es incapaz de Dios, de vivir conforme a su voluntad, de responder a su mandato. La historia del pueblo elegido es en realidad la historia de esta incapacidad, la historia de la obsesiva infidelidad de Israel. De ahí que la reconciliación solo haya sido posible por la caída, el descenso, el vaciamiento de Dios. La audacia del cristianismo —su escándalo— consiste en ver la Cruz como el lugar en donde se revela que Dios, desde el inicio de los tiempos (Jn 1,1), se puso en manos de los hombres para que los hombres pudieran vivir como hijos de un mismo Padre. Como ese padre que, ya pobre y anciano, regresa al hogar para que los hijos que le abandonaron puedan cuidar de él (y de paso reconciliarse como hijos).