aporías cristianas (2)
noviembre 18, 2012 § Deja un comentario
Algunos teólogos modernos insisten en que Dios no es un individuo. Que la personificación de Dios es un modo impertinente de concebir a Dios. Y, sin duda, la imagen de un superente que campa a sus anchas por encima de nuestras cabezas es un modo de poner a Dios a nuestro servicio y, por tanto, de hacer de Dios un dios a nuestra medida. De ahí que muchos entiendan que la invocación de Dios carece de sentido. Sin embargo, es muy posible que la invocación sea el último gesto de quienes se encuentran en verdad bajo Dios. Me refiero a la invocación desnuda, la invocación sin expectativa de quienes doblan sus rodillas ante Dios, ante su insoportable silencio, la invocación de quienes esperan el definitivo pronunciamiento de un Dios que en modo alguno pueden ya imaginar. Y es que acaso el hombre, en tanto que separado de Dios, no sea más que su clamor, un pedirle a Dios por Dios, por emplear la afortunada fórmula de Metz. En este sentido, tampoco es casual que maranathá sea la última palabra del Nuevo Testamento. Pues un creyente es aquel que permanece a la espera del final de Dios.