matrimonio por lo civil
noviembre 22, 2012 § Deja un comentario
Los vínculos de antes no son —es obvio— los de ahora. Originariamente, la relación entre hombre y mujer se hallaba al servicio de la vida. El hombre era, antes que nada, padre (o hijo, o hermano). La mujer, madre (o hija, o hermana). El vínculo era un lazo cuyo sentido residía en la fuerza con la que nos ataba a la vida, una vida que, no causalmente, se vivía como continuamente amenazada por la precariedad, la violencia, la muerte. De ahí, que los matrimonios pactados no supusieran ningún inconveniente. Aquello que se valoraba del otro es que pudiera ser un buen padre o una buena madre. El resto apenas importaba, aunque una pareja simpática o buena gente podía hacerte, sin duda, la vida más amable. Hoy las cosas son distintas. Hoy somos, antes que nada, individuos, con sus preferencias y resistencias. Esto es, hoy en día, somos los separados, hombres y mujeres que no se casan con nadie, ni siquiera consigo mismos (y, quizá por no ser de nadie, no seamos nadie). Un individuo es aquel que siempre deja una puerta abierta, y a esta puerta abierta la llama su libertad. Un individuo elige sus vínculos como quien elige una marca de whiskey. Ahora bien, un vínculo que elegimos de este modo difícilmente puede llegar a vincularnos. El matrimonio se convierte, salvo para unos pocos, en un bien de consumo. Y, así, nos vamos a vivir juntos porque nos gustamos mucho —porque somos complementarios, porque, al menos en apariencia, estamos hechos el uno para el otro—. Ahora bien, donde solo cuentan nuestras preferencias o gustos —donde todo se decide según la medida de nuestro deseo— no hay trato que cien años dure. Y el destino de una vida polarizada por su deseo es la resignación. De ahí que la pretensión, estrictamente religiosa (por aquello del re-ligare), de preservar el valor de los viejos vínculos no tenga sentido en un mundo-burbuja en donde la vida ha dejado de ser un bien a preservar y, en su lugar, tenemos las imágenes —los ídolos— de una dicha por alcanzar. En la Antigüedad, lo que provocaba la admiración de las gentes eran las grandes pasiones, las cuales, por su carácter excepcional, eran divinas. O casi. Paris y Helena, Tristán e Isolda. Hoy en día, una gran pasión es lo que cualquiera se atreve a esperar. Hollywood —o quizá deberíamos decir los románticos— tiene la culpa. De ahí que la fidelidad de quienes se deben la vida que se dan —el amor de los ancianos— sea la excepción. Como si fuera de otro mundo. Pero ya sabemos que la excepción a la regla siempre fue el principio del valor de la vida que nos ha tocado vivir.