paganismo y nihilismo

noviembre 22, 2012 § Deja un comentario

No es casual que la Iglesia se opusiera a las visiones de Giordano Bruno and Co. Pues, si el cosmos es infinito, no puede haber Dios. A menos que Dios sea otro modo de decir cosmos. Pero, en ese caso, estamos lejos del Dios que se encuentra, de por sí, fuera de campo, más allá de la Creación. Estrictamente hablando, más allá de un cosmos infinito no puede haber nada. Ni siquiera la nada de Dios. Así, bíblicamente, no tiene cabida aquello de Deus sive natura. O Dios o naturaleza. Un cosmos infinito, precisamente por serlo, no se encuentra pendiente de redención. La inmanencia se cierra sobre sí misma y, por eso mismo, lo que hay se transforma en esto es lo que hay. Deja de haber, propiamente, inmanencia. Para un universo sin limitación, no hay más cera que la que arde. En un cosmos en donde no tiene cabida la diferencia cualitativa entre dos mundos, el cielo y la tierra, el más allá y el más acá, cualquier trascendencia solo puede comprenderse como la dimensión desconocida del mundo, como algo aún por conocer, en definitiva, como esa dimensión a la que podríamos perfectamente acostumbrarnos. El hombre pertenece por entero al mundo, donde el mundo ya no se encuentra pendiente de resolución. Aquí, la posibilidad del hombre es la posibilidad del mundo. Y, así, el horizonte de la existencia no puede ser otro que el de la felicidad. En este sentido, de lo que se trata es de sintonizar con las energías que sostienen el universo, energías que, se supone y acaso con demasiada ingenuidad, son positivas, cuando lo cierto es que para una naturaleza sin fin, el bien y el mal —el amor y el odio— se exigen mútuamente. Pues, la mera vida, la vida que es bios, tan solo puede desplegarse donde se fagocita a sí misma. Más aún: un cosmos sin límite no admite otro tiempo que el infinito y, por eso mismo, desde la óptica de una ciega eternidad, una masacre, la muerte injusta de un niño, el hambre de los hombres, no tienen más importancia que la caída de las hojas en otoño. De hecho, si se tuviera que hacer una historia simplificada de este planeta insignificante, esta historia sería, de momento, la de los dinosaurios, no la de los hombres. De ahí que el paganismo —la creencia que hace del nombre de Dios el nombre de otra cosa, por lo común, una fuerza, una energía, un poder— no pueda tener otra profundidad que la de esa nostalgia que cualquiera experimenta ante la pérdida de la infancia. Y es que sub especie aeternitatis, la alternativa es siempre la misma: o mito o nihilismo.

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