Col 2, 9-10
noviembre 26, 2012 § Deja un comentario
No es fácil leer. Así, por ejemplo, muchos gnósticos de hoy en día, suelen citar aquella sentencia de la epístola a los colosenses en la que se nos dice que en Jesús reside corporalmente la plenitud de la divinidad, con el propósito de justificar su visión del nazareno como la de un dios paseándose por la tierra. Pero, al comprender la sentencia de Pablo de este modo, no hacen otra cosa que proyectar una idea previa de la divinidad sobre la figura de Jesús de Nazareth. En este sentido, los gnósticos se limitan a aplicar a Jesús, un pretendido saber acerca de Dios. Jesús encarnaría la plenitud de la divinidad en un sentido análogo a como la mujer más bella del mundo encarna una belleza ideal. Sin embargo, la sentencia de Pablo, en tanto que se sitúa en el marco conceptual de la Revelación, no apunta tanto a Jesús del Nazareth como a Dios mismo. Y es que quien encarna la plenitud de la divinidad, no deja de ser un crucificado, alguien que muere, de hecho, como un abandonado de Dios. Al decir que en el Crucificado se hace Dios presente de una vez por siempre, estamos diciendo algo que, en modo alguno, puede religiosamente decirse de Dios. Quien lee a Pablo y no se escandaliza es que no sabe leer. O no quiere.