la imposible teodicea

diciembre 1, 2012 § Deja un comentario

El cristianismo representa la inviabilidad de la teodicea, de nuestros intentos de explicar el exceso del Mal. Cristianamente hablando, el sufrimiento indecible de los hombres, precisamente en tanto que indecible, no puede ser integrado en una cosmovisión que nos permita entenderlo como algo natural, ni siquiera cuando ésta cosmovisión apela a un dios de grandes tragaderas. Supongamos que, de hecho, el sufrimiento de los hombres obedeciera al plan de una divinidad cósmica o, si se prefiere, al de una naturaleza que exige la purgación de las almas. Supongamos que el hinduismo estuviera en lo cierto y que cada uno de nosotros llevara un karma encima. Aunque esto fuera así —aunque fuera cierto que, en el último capítulo, la oruga se transformase en mariposa—, desde una sensibilidad cristiana, difícilmente podríamos admitirlo como una última palabra. Pues seguiríamos preguntándonos por la vida pendiente de aquellas orugas a las que les fue arrebatada la vida injustamente antes de tiempo. Aunque el hinduismo estuviera de hecho en lo cierto, cristianamente deberíamos permanecer en el estupor que provoca la convicción de que el Dios que nos da la vida sea el mismo que guarda silencio ante la maldición del justo. Y lo que esto significa es que ningún saber acerca del mundo, puede resolver la cuestión de Dios. Pues la cuestión que el hombre dirige a Dios —la cuestión que pone a Dios en cuestión— es una cuestión que no puede responder el hombre sin comprometer su humanidad, al fin y al cabo, su mismo encontrarse cabe Dios. El Mal puede ser necesario —el Mal puede ir con las cosas del mundo—. Pero eso es, precisamente, lo que un creyente no puede aceptar en nombre de una vida que se le revela como sagrada. Y es que el carácter sagrado de cualquier vida humana no hace buenas migas con la idea de que la vida que nos ha tocado vivir es simplemente un campo de pruebas para acceder a una vida superior. Para la tradición bíblica, lo sagrado no es un alma que, supuestamente, habita en un cuerpo, al fin y al cabo, extraño, sino la entera existencia del hombre. Y, por eso mismo, bíblicamente hablando el sufrimiento no es algo que tan solo afecte al cuerpo, dejando intacta esa chispa divina que, según creen algunos, se encontraría en lo más profundo del hombre. La madre que ha visto morir a sus hijos en Auschwitz —a esos hijos que le fueron dados como milagro desde el horizonte mismo de la nada— no puede relativizar su sufrimiento diciéndose que, al fin, habrán alcanzado la paz en la otra vida. Si así lo creyera, el Mal dejaría de ser un escándalo. Si así lo creyera, la vida de sus hijos dejaría de ser la vida que le fue dada como esa vida que no debe morir. Pero si la muerte de esos hijos clama al cielo es porque esos hijos no fueron almas prisioneras del dolor. Si algo sobrevive a esa muerte, no son sus hijos. El espíritu de esos hijos va con su cuerpo. Y ese espíritu murió. ¿Cómo puede morir lo que no debe morir? Es por esto que la Creación entera permanece irresuelta, a la espera de una última palabra, y no tan solo nuestro pequeño mundo. Será que, cristianamente, no acabamos de creernos que tan solo seamos almas encerradas en cuerpos mortales.

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