mytho
diciembre 2, 2012 § Deja un comentario
En el mito no hay ambigüedades que valgan. Todo es sí o no, blanco o negro. El mito está hecho de imágenes indiscutibles. El cuerpo no desprende mal olor, ni hay torpeza en los amantes. El héroe no tiembla, y en el santo no hay resquicio de impiedad. ¿Quién en un momento u otro no se habrá sentido juzgado por tanta perfección? En este sentido, no hay duda de que el cristianismo es el antimito por excelencia. El Dios cristiano —ese que (de)pende de una Cruz— nunca exigió la perfección, la purificación del hombre, sino en todo caso su obediencia. Y uno obedece cuando responde a la misericordia del crucificado, al hambre de los huérfanos, esté donde esté, sea lo que sea: sacerdote o puta, escriba o publicano, intelectual o sicario. Un cristiano no se siente juzgado por el mito, sino por el pobre. El mito es siempre falaz, aun cuando se vista con los ropajes de la alta espiritualidad, pues el mito siempre nos dará a entender que uno, si hace lo debido, podrá desprenderse de la roña que le acompaña. Ciertamente, una ingenuidad. Pero una ingenuidad que puede alejarnos de lo que en verdad importa, hacernos perder la vida. Aunque puede que no haya otra alternativa que entregar esa misma vida que tan fácilmente podemos perder.