Lc 21

diciembre 3, 2012 § Deja un comentario

En el evangelio de Lucas encontramos la siguiente perla: habrá signos en el sol y las estrellas. Y en la tierra, angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube… ¿Se puede ser más cenizo? ¿Acaso no deberíamos decir, como muchos cristianos progres de hoy en día, que no n'hi ha per tant? El texto, sin embargo, no se anda con medias tintas. Para Lucas —y se sobreentiende que para Jesús mismo—, los tiempos de la revelación son tiempos catastróficos, literalmente, tiempos en donde se derrumba el cielo, el ideal que da la medida del valor de todo cuanto nos traemos entre manos. Los tiempos de la revelación son, pues, aquellos en donde el mundo deja de presentarse como un orden garantizado por los cielos. Para una sensibilidad bíblica, el mundo no depende de la ley que se desprende de la naturaleza misma del mundo, sino de la voluntad de Dios. Esto es, para dicha sensibilidad, el orden del mundo es precario. Donde prevalece el orden del mundo, Dios permanece como el impresentable, como ese silencio que abraza al mundo por entero y lo mantiene a la espera de un último dictamen. Pero, por eso mismo, Dios solo puede revelarse como Hijo donde falla el mundo. Donde el hombre se queda sin tiempo. Donde ya no cabe esperar otra cosa que el descenso de Dios. Y es que, desde la óptica creyente, la vida es gracia, en el sentido más literal del término: como esa vida que nos ha sido dada como (medida de) gracia. No más. Pero tampoco menos.

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