la médula espinal del cristianismo común

diciembre 7, 2012 § Deja un comentario

La fe que suele promocionarse pastoralmente, al menos por estos pagos, es aquella que da por sentado que en Jesús de Nazareth se nos revela el modo de ser de Dios. Así, en la misericordia del nazareno se haría presente la misericordia de Dios. En su bondad, la bondad misma de Dios. Para la conciencia creyente, todo es más fácil así: hay un Dios que nos ama y Jesús es quien lo encarna, quien lo hace presente de modo ejemplar, por no decir indiscutible. La huella del platonismo es aquí evidente. Sin embargo, puede que el cristianismo dé un paso en falso al comprender la realidad de Dios en relación con un modo de ser. Pues, tarde o temprano, uno se queda con el modo de ser —en este caso, la bondad o el amor—, sin saber a ciencia cierta qué hacer con Dios. Para la mayoría de los creyentes de hoy en día, al menos para aquellos que se mueven en canchas progres, un Dios personal no dejaría de ser un residuo de la infancia, algo así como la personificación del poder de la bondad o el amor. Ahora bien, desde una perspectiva bíblica, no parece que podamos identificar a Dios con un determinado modo de ser. La resistencia judía a hacer de Dios un concepto es, me atrevería a decir, visceral. De hecho, en la Biblia no encontramos un equivalente a la palabra «Dios». O, por decirlo de otro modo, la realidad de Dios no admite predicación alguna. Cualquier atribución —como, por ejemplo, cuando leemos que “YWHW es misericordioso»— debe comprenderse, no ya como un rasgo de Dios, sino como algo debido a Dios. Aquí la traducción de los LXX, acaso uno de los acontecimientos más determinantes de la cultura occidental, nos juega una mala pasada, al traducir como predicados lo que debería entenderse como una relación causal. La misericordia es debida a Dios como el carácter de un niño, pongamos por caso, es debido a sus padres. YWHW es misericordioso debería traducirse mejor diciendo que la misericordia en la que habitamos es debida a YWHW. Como es sabido YWHW no es el nombre de un concepto. YWHW carece de significado. En tanto que puro nombre, por otro lado impronunciable, YWHW es alteridad sin presente, lo Otro por excelencia. YWHW no es un ente de otro mundo, aunque se trate de un superente, sino lo otro del mundo, esa incógnita que mantiene el cosmos en vilo. En este sentido, el creyente experimenta el mundo como pendiente de un veredicto. La impiedad de los hombres no merece la vida que les ha sido dada y, por eso mismo, el creyente vive en tiempos de prórroga. Dios es, en este sentido, la posibilidad de la interrupción. Ahora bien, esta posibilidad no es simplemente una posibilidad en abstracto, la posibilidad del hundimiento del mundo, de su aniquilación, de la catástrofe. En todo caso, esto es lo que dirían quienes permanecen en la posición del espectador, no aquellos que se encuentran en medio de esta posibilidad con una vida que preservar entre sus manos. Pues quien se encuentra en esta situación no puede dejar de escuchar la llamada que se desprende de la radical alteridad de YWHW. De ahí que YWHW sea, antes que nada, un Tú. YWHW es alguien, no porque sea un fantasma bueno —no porque necesitemos personificar la bondad o el amor—, sino porque es, desde el principio hasta el final, aquél que invoca a la responsabilidad por el otro hombre de modo análogo a como el hijo mayor es llamado a cuidar de su hermanito tras la desaparición de los padres. La paternidad nunca fue más verdadera que cuando falta papá. Es en la ausencia del padre que la filiación se nos revela como lo que es: un tener que responder por la vida que nos ha sido entregada. Cuando el creyente invoca a YWHW es porque se encuentra en la situación de aquél que debe responder a su llamada, la cual, como sabemos, no se da de otro modo que como clamor del huérfano, la viuda, el extranjero… Porque YWHW es un nombre cuya referencia está por ver —porque nos encontramos cabe un Dios sin sustancia—, la invocación de los pobres puede ser escuchada como la invocación misma de Dios. Dios es Dios no porque tú puedas nombrarlo —porque puedas dirigirte a Él, tratarlo, hacerte una idea de su divinidad…—, sino porque te nombra a ti de un modo intransferible, por no decir, insoportable. Y, ciertamente, no es casual que nosotros, los ricos, los que aún confiamos en nuestras posibilidades, prefiramos hacer de Dios una esencia. Pues un Dios que no sea más que el nombre de un amor que persiste por sí solo como el aire que respiramos o el océano en el que nos bañamos no necesita de la respuesta de los hombres para tener lugar.

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