Job 1, 21
diciembre 10, 2012 § Deja un comentario
El monoteísmo es, sin duda, algo muy extraño, pues la idea misma de un Dios verdadero —o, si se prefiere, de un Dios en verdad— exige de por sí un cuestionamiento radical de la verdad religiosa, esa que da por hecho que un dios es una presencia invisible. El monoteísmo no es propiamente una monolatría, sino una crítica frontal a toda latría. Como es sabido, la irrupción de YWHW en el panorama de las religiones va con la desacralización del mundo. Ante Dios no hay dios que pueda valer como tal. Y si esto es cierto —que lo es— no es porque siga valiendo el sentido religioso de la palabra «dios», solo que con otro referente. La revelación de Dios va con la impugnación del significado «dios» como poder que incide en el mundo. Ahora bien, solo porque los dioses dejan de transitar por ahí —solo porque ya no cabe ver en tal o cual acontecimiento la manifestación de un dios— el mundo por entero puede comprenderse como debido a Dios. Así, para el creyente, el mundo se muestra, por un lado, como lo que nos ha sido dado desde el horizonte mismo de la muerte y, por el otro, como lo que se encuentra sometido al poder de Dios, esto es, a su posibilidad, a su deber ser, el cual solo puede realizarse como Justicia Final. Es cierto que nadie en la Antigüedad discutía la existencia de espíritus. Pero, para la convicción monoteísta, estos ya no pueden ser comprendidos como divinos. Un espíritu es una fuerza. Y una fuerza es (solo) una fuerza. Monoteísmo significa: nadie se encuentra en verdad sometido al poder de una fuerza. Dios en verdad no se da como fantasma. Si el creyente se encuentra sometido al poder de la bondad, no es porque Dios sea ese poder, sino porque la bondad es debida a Dios —porque bajo la altura de Dios, la bondad se revela como la única posibilidad del hombre—. Si Dios es todopoderoso, no es porque sea el dios más fuerte —Dios no entra en competencia con los dioses—, sino porque puede con el todo, porque, en definitiva, la pervivencia del cosmos (de)pende, como quien dice, del hilo de la voluntad de Dios. O, por decirlo de otro modo, porque todo cuanto es se encuentra tensado por un deber ser que no acaba de realizarse (y por eso mismo decimos que el mundo por entero se encuentra sub iudice). Ésta y no otra es la visión de quien se halla inmerso en la situación del culpable, de quien no sabe qué responder a la pregunta que Dios le dirige a Caín. Podríamos decir que comprender el monoteísmo supone comprender la transformación de Job. Pues quien comienza siendo un hombre piadoso, acaba por ser aquél que no termina de saber de qué va esto de Dios. Job, en tanto que creyente, es aquél que se mantiene, entre la credulidad y el nihilismo, a la espera de una última palabra.