hardcore

diciembre 11, 2012 § Deja un comentario

Uno entiende de qué va esto del cristianismo cuando lee a Graham Greene. Los santos de sus novelas son hombres sucios. Hacen lo que deben hacer —tarde o temprano, cargan con la desgracia ajena—, pero ellos siguen atados, aunque no sin vergüenza, a su alcoholismo, al chute diario, a su mierda. El cristianismo proclama la redención de la carne, ciertamente. Pero en la ambigüedad de ese «de» reside la ambigüedad histórica del cristianismo. Pues ¿acaso el cristianismo no se ha entendido durante demasiado tiempo como un platonismo para el pueblo, como si, al fin y al cabo, de lo que se tratara es de liberarse de la prisión de la carne? La moraleja cristiana, al menos la que se desprende de los textos evangélicos, es, sin embargo, otra. El hombre es capaz de Dios, no porque se capaz de oler bien —la higiene es una máscara—, sino porque, en medio del sudor y la mugre, puede responder a un Dios que se identifica con el sin Dios. Traducción: las putas nos precederán, no porque sean putas, sino porque solo ellas, a diferencia de las que se consideran a sí mismas como de buena familia, están en mejor situación para responder a la demanda de Dios. No debería extrañarnos el escándalo de la confesión cristiana. Y es que reconocer a un maldito de Dios como Dios es como decir que solo una puta puede en verdad alcanzar la pureza de las vírgenes.

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