investigaciones lógicas (1)

diciembre 14, 2012 § Deja un comentario

La idea de que sobrevivimos a la muerte, aunque sea a la manera de un espectro, tiene algo de problemática, por no hablar de incomprensible, pues la cuestión es, precisamente, quién sobrevive. La única manera de que esta supervivencia sea viable es que ese quién —ese yo— no tenga nada que ver con nuestro cuerpo o modo de ser. Esto es, que Platón tuviera razón y que en realidad seamos almas encerradas en cuerpos. Pero aquí me parece más sensato Aristóteles y, junto a él, la antropología bíblica. Pues si el yo es una relación con uno mismo, esto es, si no cabe concebir un alma sin su relación con la materia, sin su vínculo con eso que no es ella misma, entonces la muerte constituye el horizonte insuperable de la existencia humana. Cualquier cosa que pueda ocurrir en el más allá, si es que ocurre alguna cosa, ya no tiene que ver con nosotros. En este sentido, algunos defienden que el yo es una ficción. Y puede que el yo termine disolviéndose como azúcar en el café. Pero lo cierto es que, por definición, lo que pueda venir después del yo ya no tiene que ver con nosotros. Cabe replicar que tras la muerte accedemos a otro nivel de conciencia, de modo análogo a como la madurez juega otra liga que la de infancia. Pero aquí la cuestión es con respecto a qué materia podría seguir afirmándose ese yo ulterior. Y si hay materia, aunque sea espectral, aún quedarían por resolver las viejas preguntas de siempre. La pregunta por el sentido del sufrimiento pasado, pongamos por caso, no puede resolverse apelando a la felicidad de un mundo de espectros. La muerte injusta de las víctimas del ayer no puede admitirse como prueba sin hacer de esas víctimas unos títeres. El carácter sagrado de esas vidas fue violentado de un modo definitivo y eso exige una reparación que solo puede venir de un Dios que ponga en cuestión la totalidad. Al fin y al cabo, donde hay yo, hay un por-venir absoluto, esto es, un más allá de los tiempos. O, por decirlo de otro modo, donde hay yo, Dios sigue estando pendiente. De ahí que la conciencia creyente permanezca esencialmente a la espera de una última palabra que, aun cuando no pueda concebirse, debe sin embargo darse. Nada que tenga que ver con Dios puede, en definitiva, articularse como saber, ni siquiera hipotético. Pues todo saber es del mundo y Dios no puede tener lugar sin que el mundo llegue a su final.

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