espiritualidades

diciembre 15, 2012 § Deja un comentario

Cuando hablamos de espiritualidad por lo común pensamos en el hombre o la mujer cuyo rostro irradia luz, como quien dice. O bien en esos monjes cuya entrega y bondad apunta a un más allá. Y esto está muy bien. Al menos, del lado del hombre es posible que en verdad no podamos querer otra cosa que trascender. Sin embargo, los evangelios no parece que tengan a estos hombres y mujeres en mente cuando hablan de Dios. De hecho, los preferidos de Dios, no son aquellos que anhelan, desde lo más profundo de sí mismos, una vida espiritual, sino aquellos cuyo anhelo, en todo caso, clama al cielo. Son los que se dirigen a Dios desde su hambre, no ya de la plenitud de lo divino, sino de pan. Son los pobres de espíritu, aquellos que por no tener, no tienen ni fuerza para trascenderse, aquellos cuya desnudez no es un medio para alcanzar ciertas cimas, sino una condición impuesta por el mundo. Van desnudos porque han sido desnudados. Son los que, por ser incapaces de vivir elevadamente, son capaces de Dios, esto es, capaces de responder a su demanda. Hay algo de inquietante en el hecho de que, aquellos que son demasiado conscientes de su bondad, no serán, precisamente, los salvados en el día del Juicio. Hay algo de inquietante en el hecho de que quienes son impulsados por el Espíritu de Dios —el cual siempre se nos da como el aliento de un Crucificado— no saben que están siendo impulsados por el Espíritu cuando responden a la llamada del pobre como a la llamada misma de Dios. Como si uno solo pudiera obedecer a Dios, sin Dios mediante.

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