funny games
diciembre 16, 2012 § Deja un comentario
Creer que el león comerá paja (Is 11, 7) es como esperar que los psicópatas de Funny Games acaben siendo capaces de sacrificarse por el prójimo: precisamente, lo que no pueden sensatamente esperar quienes han sufrido su brutal falta de piedad. Uno puede creer fácilmente en la profecía de Isaías y, en este sentido, esperar que el león se comporte como el buey del mismo modo que espera que un drama hollywoodiense acabe bien. Uno puede esperar la mutación del león del mismo modo que un espectador confía en que habrá un final feliz, esto es, dándolo por hecho. Pero no parece que Isaías se hubiese dedicado a proporcionar las fantasías de aquellos que necesitan creer, para su tranquilidad emocional, que el mal no tendrá la última palabra. La anticipación de Isaías no se dirige a la gent benestant de la época, a quienes pueden perfectamente suponer que habrá un final feliz, sino a quienes no pueden en modo alguno suponerlo: los esclavos, los muertos en vida, los desesperados. ¿Cómo entender, por tanto, esta esperanza? ¿Quién puede creer en lo increíble? Quizá no estaría de más recordar el íntimo vínculo que en el judaísmo tradicional se da entre el imperativo y la promesa de Dios. Si el león acabará comiendo paja no es porque necesitemos creerlo, sino porque, en nombre de Dios, deberá comerla. Los hombres, ciertamente, no podemos hacernos una idea de la posibilidad de Dios. Y, por eso mismo, la posibilidad de Dios solo puede mostrársenos como su imposibilidad, es decir, como algo que no puede concebirse como una posibilidad del mundo. Pero el creyente, como hemos dicho tantas veces, no es aquel que supone algo de Dios, ni siquiera hipotéticamente, sino aquel que se encuentra sujeto a su mandato y, por extensión, a la promesa, en última instancia inconcebible, que le acompaña. Por eso, la cuestión no es si el mundo acabará o no por darle la razón a Isaías, sino quién puede creer en su profecía. Y solo quien sufre la altura de Dios en lo más íntimo —solo quien haya visto que en esa altura la fuente de nuestra común filiación— puede esperar algo tan duro de creer como que el león y el buey se alimenten de la misma hierba.