pastilleros (1)

diciembre 28, 2012 § Deja un comentario

Si se trata de ser buenos, ¿acaso no deberíamos tomar, de existir, la pastilla de la bondad? Si se trata de desprendernos de la costra del egoísmo que cubre la chispa divina que, suponen algunos, habita en lo más profundo de cada uno de nosotros ¿acaso no bastaría con diseñar una droga del amor? Cualquiera que se resistiera a tomarla, debería admitir que, en lo que respecta a la fe, no se trata tanto de ser bueno, sino de que la bondad del hombre dé testimonio de Dios. Un mundo de hombres y mujeres sin tara moral, sería un mundo sin sujetos y, por consiguiente, sin Dios. Pues la posibilidad de decir «yo» pasa porque la bondad —y, por extensión, la felicidad— no pueda resolverse desde uno mismo. Poder decir yo supone que, en el fondo de uno mismo, siempre queda algo que se resiste a la redención. De ahí que el creyente permanezca esencialmente a la espera de Dios. Tenía razón Nietzsche cuando insistía en que la muerte de Dios va con la del hombre. Aun cuando ese hombre hubiese alcanzado la mayor de las inocencias. O quizá, por eso mismo.

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