la tarea pendiente del cristianismo «progre»
diciembre 29, 2012 § Deja un comentario
El mensaje de la pastoral más o menos progresista podría resumirse del siguiente modo: Dios quiere que nos amemos como hermanos, que no dejemos morir de hambre a nadie; Jesús encarnó hasta el final esta voluntad de Dios; en este sentido, fue un hombre movido por una compasión que le nacía de las entrañas y, al mismo tiempo, un profeta del Reino, un «enviado de Dios» que, consecuentemente, llegó a denunciar las prácticas del Templo como impiedad; Jesús fue crucificado, sin embargo, porque los hombres, en el fondo, no aceptamos vivir conforme al mandato de Dios. El problema, según me parece, no es lo que se dice —pues aquí no hay gran cosa que objetar—. El problema es si los jóvenes de hoy en día pueden comprender lo que aquí se dice. Y es que el tema es Dios. ¿Qué significa decir que «Dios quiere» donde ya no estamos fácilmente predispuestos a concebir a Dios como un «espectro bueno»? De hecho, muchos de los hijos de la pastoral postconciliar no tienen ningún problema en «luchar» por un mundo más justo. Dos mil años de cristianismo han hecho de la lucha por la justicia algo, hasta cierto punto, obvio. ¿Quién no se indigna ante los cientos de miles de hombres y mujeres que viven como si fueran perros? ¿Quién no se siente inclinado a participar en las campañas solidarias que, de tanto en cuanto, se montan? Pero este es, precisamente, el problema: que esa indignación no parece ya que tenga que ver con Dios. Como si el término Dios se hubiera convertido en una especie de santo y seña de quienes forman parte de la comunidad creyente, pero vaciado de su antigua sustancia. No es casual que, a la hora de eludir las imágenes antropomórficas de Dios, busquemos «hechos impersonales» que puedan ocupar su lugar: que si la bondad o el amor, que si la «energía positiva», que si el océano… cuando lo cierto es que el único que puede ocupar el lugar de Dios son los crucificados de este mundo. La bondad es de Dios. Pero Dios no es el nombre de la bondad. Las energías y los océanos —la Creación, podríamos decir— son de Dios. Pero Dios se encuentra más allá de la Creación. Es muy posible que para comprender de qué estamos hablando cuando hablamos de Dios no podamos hacer otra cosa que recuperar las fuentes judías. Pues, no por causalidad, los primeros cristianos se resistieron a prescindir del Antiguo Testamento a la hora de escribir el Nuevo. «Actualizar» el kerygma cristiano sin tener en cuenta el carácter paradójico de la experiencia profética de Dios, probablemente haga de Dios algo aceptable, pero, sin duda, eso ya no tendrá que ver con el Dios verdadero, aquél que interrumpe nuestra vida y la secciona en un antes y un después.