contextos
enero 9, 2013 § Deja un comentario
Con las palabras pasa lo mismo que con los colores en una pintura: que, dependiendo del contexto, funcionan de un modo u otro. Como sabe cualquier pintor, no produce el mismo efecto colocar una pincelada roja sobre un fondo oscuro que junto a colores cálidos. Así no dice lo mismo quien predica el amor al enemigo en las favelas de Río de Janeiro o en los campos de concentración que quien lo hace desde los púlpitos de las comunidades de satisfechos. En el primer caso, se trata de un imposible. En el segundo, de un buen sentimiento. En el primer caso, sabemos que el enemigo es aquel que quiere nuestra muerte y la de nuestros hijos. Y lo sabemos porque lo tenemos enfrente, porque ya ha derribado nuestra puerta. En el segundo, creemos que un enemigo es el malo de las películas. Por eso, solo en el primer caso la predicación es cristianamente reveladora, pues quienes aún no hemos visto el rostro de la violencia o el de una pobreza degradante podemos, perfectamente, prescindir de Dios a la hora de amar indiscriminadamente. Los que vivimos al margen fácilmente entenderemos esto del amor al enemigo, no como algo humanamente imposible —algo que solo puede darse estando por entero sometidos a Dios—, sino como si se tratara tan sólo de ser bona gent, aunque sea en grado sumo. Ningún sobrecogimiento, ningún estupor, ningún escándalo se produce en nosotros cuando escuchamos estas palabras. Para nosotros, los satisfechos, estas palabras carecen de valor. Y lo que ocurre con el mandato de amar al enemigo, ocurre con todas las proclamaciones de la fe. De ahí que el desde dónde decimos lo que decimos forme parte cristianamente del significado de lo que decimos. Los satisfechos —de nosotros mismos, de nuestra fe— no podemos hacer otra cosa que tomar a Dios en vano.