investigaciones lógicas (4)

enero 13, 2013 § Deja un comentario

Es posible que todo cuanto podamos decir positivamente de Dios sea de hecho teología negativa encubierta. Esto es, que siga siendo cierto que de Dios tan solo podamos decir lo que no es, incluso allí donde aparentemente decimos algo determinado acerca de Dios. Por ejemplo, cuando afirmamos de Dios que es todopoderoso. En principio, aquí cualquiera entiende fácilmente que Dios puede con todo, que no hay nada ni nadie que pueda resistir su empuje. Sin embargo, si tenemos presente el contexto en el que se acuña esta declaración, entonces veremos que de lo que se trata, a pesar de las apariencias, no es de situar al propio Dios por encima del resto, sino de rechazar que pueda haber otro Dios. El contexto, como es sabido, es el del paganismo politeísta, según el cual, el mundo se encuentra atravesado por un campo de fuerzas invisibles —los dioses o espíritus— que se contrarrestan unas a otras. Afirmar un Dios todopoderoso es, en este contexto, algo sencillamente ininteligible para quien sepa qué significa la palabra «dios», pues no hay fuerza que no tenga enfrente una fuerza compensatoria. En el fondo, el politeísmo es una religión natural, ciencia experimental, aunque por otros medios. Por eso, cuando Moisés y el resto de los profetas sostienen el todopoder de Dios, lo que hacen propiamente es desdivinizar el mundo. Nada del mundo es divino. La fuerza de Dios, en tanto que todopoderosa, no es una fuerza del mundo —no es un poder que tenga que enfrentarse a un poder contrario—, sino una fuerza que soporta el todo. Es decir, Dios puede con el todo. O, por decirlo en clave bíblica, el mundo no es eterno, sino que se encuentra por entero en manos de un Dios que, en tanto que no aparece por ningún lado, no puede valer, servir como dios. De ahí se desprende que la clave para situarse ante Dios no sea el espacio —la distinción entre el mundo de acá y el del más allá—, sino el tiempo. Se nos ha dado un plazo y tendremos que rendir cuentas, como quien dice. Esta es la posición básica en la que se encuentra el creyente. Un creyente no habita un mundo, sino un tiempo. Por eso, cuando intentamos comprender la afirmación de Dios como todopoderoso como si nos refiriésemos a un ente con un poder infinito, tarde o temprano, surgen las paradojas. Como aquella que ya destacaron los teólogos medievales: Dios no puede ser todopoderoso, pues si lo fuera, entonces podría perfectamente crear un peso que él mismo no pudiera levantar. Y, si esta posibilidad fuese un sinsentido, entonces Dios no sería todopoderoso.

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