homo religiosus

enero 17, 2013 § Deja un comentario

La posición básica del hombre típicamente religioso es la de quien da por hecho que hay algo más allá de lo que pueda captar su receptividad. Da igual que ese más allá se conciba como otro mundo o como la dimensión oculta del mundo. En cualquier caso, el yo no alcanza el fondo mismo de la existencia, el hardcore de lo real. Dicho fondo permanece siempre más allá de lo que cabe asimilar, diferir, interiorizar. La posición básica de quien posee una sensibilidad religiosa es, así, la de quien vive a flor de piel su propia finitud en tanto que se siente formando parte de una realidad evidentemente excesiva. El centro de la existencia se encuentre fuera de sí. El hombre típicamente religioso debe aprender a tratar con aquellos poderes de los que su vida depende. Debe aprender a decantarlos a su favor, si quiere participar de su fuerza, si quiere, en definitiva, sintonizar con el aliento de la vida. Aquí da igual que el recurso sea la magia, el sacrificio, la repetición de la sílaba om o la dieta de la proteína. En cualquier caso, se trata de insertarse eficazmente en el orden de lo real, de hacer de este mundo un hogar, en la medida de lo posible. El hombre típicamente religioso es vulnerable al influjo de las fuerzas que atraviesan o sostienen el mundo. De ahí que filosofía y religión no hagan buenas migas. Pues la filosofía nace como un intento de ejercer un dominio de la propia existencia, en definitiva, de liberarse de la esclavitud que supone una vida por entero (de)pendiente de la reacción del mundo. Ciertamente, el filósofo es consciente de que ese dominio no puede consistir en el control de una realidad que, por definición, se nos escapa. Pero si cabe ser dueño de uno mismo es porque es posible estar por encima de lo que simplemente (nos) pasa. Como si este mundo no fuera el nuestro. De ahí, también, que la filosofía haya hecho tan buenas migas con el cristianismo, aunque a veces las migas salgan duras. Y es que en ambos casos, el filósofo y el creyente están demasiado familiarizados con la nada de Dios como para que puedan contratar una solución.

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