o sentados o de pie

enero 18, 2013 § Deja un comentario

¿Que hay de definitivo en lo que nos traemos entre manos? ¿La caridad, el sufrimiento, la muerte? La pregunta va un poco más allá de la que podamos hacernos con respecto a lo que importa. Desde la óptica del final, cabe ciertamente «poner las cosas en su sitio». No todo importa en verdad. De hecho, muy pocas cosas (y no suelen ser las «nuestras»). Sin embargo, uno también puede preguntarse, y quizá deba hacerlo, qué hay de definitivo en lo que importa. Bien pudiera ser que la última palabra la tuviera el mal o, si se prefiere, una mezcla indiscernible de bien y mal, el ciego movimiento de la vida, aunque lo que importa se decante del lado, pongamos por caso, de la bondad. Sorprende la facilidad con la que nos llenamos la boca con esto de las cosas últimas, la impunidad con la que algunos dicen, por ejemplo, que la sustancia que sostiene el cosmos es el amor. ¿Cómo lo saben? Uno a veces no puede evitar la impresión que ese saber tiene más que ver con aquello que les gustaría que fuese, con su necesidad, por otro lado tan humana, de que la fiesta acabe bien, que con la verdad. Pues en verdad no tenemos ni idea. De hecho, la experiencia nos da a entender que, en el mundo, las cosas que nos traemos entre manos, tarde o temprano acaban por romperse o cuanto menos quebrarse. A menudo no sabemos por qué, pero lo cierto es que ocurre. Algo pasó con tus padres o con tus hijos o con la mujer que amaste… que las cosas no acabaron de ser lo que prometían. El tiempo es un lento destructor. O, si se prefiere, hay algo en nosotros que impide que lo que debe ser acabe siendo de una vez por todas. Tener los ojos bien abiertos significa que, de hecho, la vida avanza fagocitándose a sí misma. Que el cosmos se encuentra más allá del bien y el mal. Incluso como creyentes no salimos de nuestra perplejidad. Job no sabe a ciencia cierta de qué va todo esto de Dios (esto es, de qué va Dios). El mundo, para quien se encuentra sometido a la altura de Dios, es tanto bendición como maldición. Como si la experiencia de la vida como una vida que te ha sido dada fuera inseparable de la posibilidad de la aniquilación cósmica. Como si, en definitiva, el encontrarse cabe Dios no fuese algo serio mientras demos por hecho que Dios no puede acabar con su Creación. Si el mundo se encuentra, como quien dice, en manos de Dios, se encuentra en manos de Dios. La totalidad de cuanto existe no lo es todo. El cosmos por entero se encuentra sujeto a un silencio que lo abre a la exigencia de una última palabra. Quien se halla cabe Dios, vive a flor de piel el carácter irresuelto de la Creación. Y, sin embargo, creer es esperar que el Sí pueda sobre el No. Que la vida pueda sobre la muerte. Y ello no porque ya nos gustaría que fuese así —no porque necesitemos suponerlo—, sino porque la promesa es inseparable del mandato: la muerte no puede tener la última palabra en nombre de una vida que nos ha sido dada sobre el fondo mismo de la nada. Vivirás, aunque no puedas concebir el cómo de esta promesa. Lo que se dice esperar, espera todo el mundo. La cuestión es si uno espera sentado o de pie. O, lo que supone un plus, de rodillas.

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