cristianismo e inculturación
enero 19, 2013 § Deja un comentario
¿Es posible ser cristiano y pigmeo o mogol? Esto es ¿puede uno ser cristiano sin pertenecer o incorporarse de algún modo a la tradición europea? La cuestión pone en juego, ciertamente, la catolicidad del cristianismo, su pretensión de universalidad. Y como es sabido muchos defienden esta universalidad sobre la base de la dimensión práctica del cristianismo, subrayando que lo que importa es hacer el bien. Pero quien hace el bien es un buen hombre —en bíblico, un temeroso de Dios—, pero no necesariamente un cristiano. La fe no es solo ortopraxis, sino también confesión. Aunque desde Dios lo único decisivo sea dar de comer al hambriento o vestir al desnudo, lo cierto es que el cristianismo, en tanto que religión, no consiste solo en ser buena gente, sino en ver las cosas desde una cierta óptica, en captar el poder revelador de la bondad de aquel que murió por nosotros como un abandonado de Dios. Esto es, el cristianismo es inseparable del reconocimiento del carácter salvífico (o, como suele decirse técnicamente, soteriológico) de la Cruz. Un cristiano ve la entrega del Crucificado como la redención de los hombres por parte de un Dios que desciende en picado. No hay, pues, cristianismo sin visión y una visión no se da con independencia del marco cultural que la hace posible. Ahora bien, si el cristianismo fuera simplemente una visión religiosa de ciertos acontecimientos, entonces no sería posible un cristianismo que no fuera judío o, si se prefiere, grecorromano. Sencillamente, alguien que no perteneciera a la tradición europea no podría ver lo que ve un cristiano, del mismo modo que un europeo es incapaz de ver la legión de espíritus que ve, pongamos por caso, un aborigen australiano. Pero el cristianismo no es una determinada visión religiosa de los hechos, sino el cuestionamiento radical de cualquier visión religiosa de los hechos. Se trata, sin duda, de una visión, pero una visión que no es homologable a la visión religiosa del mundo. En tanto que judaísmo radicalizado, el cristianismo es propiamente una metareligión, pues el reconocimiento de que no hay otro Dios que el Crucificado no es posible como visión típicamente religiosa, esto es, como un nuevo referente para la palabra Dios, sino como impugnación de todo cuanto entendemos humanamente como divino. La palabra «Dios» ya no significa lo mismo donde confesamos al Crucificado como Dios. No puede significar lo mismo. De modo parecido a como la fuente de Duchamp no es otro referente para la palabra belleza, sino el dislocamiento de su significado. Ahora bien, solo porque es una crítica de la religión y no una religión entre otras, el cristianismo puede darse como catolicismo, como creencia exportable. El cristianismo recurre al lenguaje religioso para decir lo que ninguna religión puede admitir, a saber, que Dios no se encuentra ahí arriba a la manera de un espectro bueno o flotando en el ambiente como si fuera un poder etéreo. Que la división que nos permite situarnos ante Dios, no es la que media entre el cielo y la tierra —o, si se prefiere, entre la superficie y la profundidad—, sino la que tiene lugar en los tiempos. Pues existen los tiempos del hombre y los tiempos de Dios. Y los tiempos del hombre —los tiempos de la Historia— son aquellos en los que Dios está por ver, aquellos en los que la única presencia de Dios es la de quien ocupa su lugar colgando de un madero. Cabe, entonces, un cristiano mogol de modo parecido a como fue posible un cristiano romano, pero no porque el cristianismo pueda adaptarse a diferentes marcos culturales, como si fuese una partitura que admite diferentes instrumentos, sino porque (casi) cualquier cultura puede ser quebrada por la revelación cristiana. El cristianismo es el disolvente del homo religiosus, la matriz del ateísmo, en tanto que, por parafrasear a Bloch, solo un cristiano puede ser un buen ateo (y viceversa). Como si el cristianismo fuera, al fin y al cabo, el capitalismo del hecho religioso. Pues es cierto que con la Cruz, todo lo sólido se desvanece en el aire.