los dos cristianismos

enero 26, 2013 § Deja un comentario

El cristianismo bebe de dos fuentes. Una es, evidentemente, la vida y milagros de Jesús de Nazareth. Que Jesús de Nazareth fue alguien que produjo un fuerte impacto en muchos de quienes llegaron a conocerle es algo que no se discute. Las trazas de este cristianismo la encontramos, sobre todo, en la denominada fuente Q, la serie de dichos y relatos que, junto con el evangelio de Marcos, estarían en la base de Mateo y Lucas. En Q, sin embargo, la Cruz aún no se encuentra en la base de la fe. La Cruz no revela nada de Dios, sino que más bien confirma aquello que judíamente ya sabíamos de los hombres, esto es, que los hombres no podemos admitir la verdad de Dios. Para este cristianismo, lo decisivo es el modo de ser del Jesús de la misión en Galilea, el cual, según esos primeros creyentes, reveló el modo de ser Dios. Aquí la encarnación se entiende a la manera del sentido común de por aquel entonces, como si Jesús pusiera de manifiesto la naturaleza de la divinidad de modo análogo a como los héroes del paganismo ponían de manifiesto el poder de un determinado dios. La diferencia residiría en que los primeros discípulos creían que el dios que se revelaba en los héroes griegos era sencillamente falso. La segunda fuente sería, obviamente, la Cruz-Resurrección. Aquí la Cruz-Resurrección revela algo de Dios y no solo de la situación de los hombres ante Dios. Algo le ocurre a Dios allí donde fracasa el hombre de Dios. Es la Cruz la que nos obliga a reconocer al Crucificado como Señor, una palabra en principio solo reservada Dios. Se trata, como es sabido, del evangelio de Pablo y de Juan. Sin Cruz no hay salvación. Pues, en definitiva, el seguimiento no es aún cristiano mientras no se comprenda como respuesta del hombre al sacrificio —a la entrega, el perdón— de Dios. En el primer caso, Dios aún permanece por encima de la Cruz. En el segundo, en cambio, Dios se identifica de tal modo con el Crucificado que, en el mientrastanto de la Historia, no hay otro Dios que el Crucificado. El primer modo de entender el cristianismo conduce, si es que hemos de ser honestos, a considerar a Jesús como un avatar de Dios, entre otros. El segundo, no cabe otra relación con Dios que la que podamos tener con el Crucificado. En el primer caso, sigue siendo pertinente la división entre cielo y tierra a la hora de ubicar a Dios. En el segundo, la división en la que cabe comprender la presencia de Dios es la división de los tiempos, pues Dios solo puede revelarse como tal donde el Mundo ha llegado a su fin. En el primer caso, es fácil hacer de Jesús un mito. En el segundo, no cabe otra superstición que aquella literalmente increíble, es decir, aquella en la que los que aún confiamos en nuestra posibilidad no podemos sinceramente creer. Sea como sea, lo cierto es que el cristianismo bebe de las dos fuentes. Y es que, si bien, el cristianismo de Q sin el de Pablo o Juan, acaba por ser una religión entre otras, Pablo y Juan sin Q acaban siendo una especulación muy próxima al gnosticismo. Como, si al fin y al cabo, los hombres no pudiéramos aproximarnos a la verdad sin el soporte del mito.

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