qārā

enero 26, 2013 § Deja un comentario

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la invocación (qārā en hebreo) se concibe como la base de toda posible relación con Dios. Esto es, no hay otro soporte —otro fundamento— para el vínculo religioso. O, por decirlo con otras palabras, es la súplica y no las técnicas de la magia o el ritual aquello que determina nuestra correcta situación ante Dios. La efectiva presencia de Dios, por tanto, no es algo que el hombre pueda dar por supuesto, que es lo que de hecho ocurre cuando la relación con Dios se establece principalmente por medio del rito, aunque este se haya modernizado poniendo unas cuantas esterillas en el suelo, dando a entender que, de este modo, nuestra oración es más auténtica. En este caso, Dios es algo o alguien con quien cabe tratar. En el primero, en cambio, Dios está por ver… como tiene que ser, si Dios se encuentra más allá de todo cuanto podamos percibir. Pues uno ha de entender la invocación como el grito de auxilio de aquél que, habiendo caído en un pozo, no escucha a nadie a quien pueda dirigirse. Quien suplica no es más que esa súplica, mientras que quienes desprecian la oración de petición como supersticiosa son aquellos para los que la súplica es una opción entre otras. Estos no comprenden que solo en su caso, la oración de petición es, efectivamente, una superstición, un tomar el nombre de Dios en vano. La actitud creyente no es, por tanto, la de quien espera una conexión con las fuerzas ocultas del cosmos, sino la de quien espera, sencillamente, una respuesta. Y Dios, como sabemos, siempre responde del mismo modo: enviando a un crucificado.

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