hay monjas que son felices en su convento
enero 30, 2013 § Deja un comentario
Cuando decimos que el horizonte de la vida cristiana no es, propiamente hablando, la felicidad sino la resurrección de los muertos —que la resurrección no puede comprenderse estrictamente como una satisfacción—, siempre hay quien, con la intención de quitarle hierro al asunto, dice aquello de que no n'hi per tant, que de hecho hay monjitas felices. Y, ciertamente, la vida conventual puede ser perfectamente una vida dichosa. Nadie dice lo contrario. Más aún: para esa felicidad no hace falta Dios. Los monjes budistas, por ejemplo, participan de la dicha monástica sin Dios mediante. Quien dedica las horas del día a la paz y el amor, fácilmente acaba por sufrir la deformación profesional propia de estas vidas. Sus cuerpos fácilmente acaban supurando paz y amor. Y esto está muy bien. Pero la cuestión es qué vidas nos hablan de Dios —que vidas soportan el peso de su trascendencia—. Y lo que decimos cristianamente es que aquellos que regresan con vida de la muerte —los Jacob, los Grégoire, los Pere Claver…— nos hablan más de Dios que aquellos que hacen de Dios el motivo de su felicidad. Y no por ellos, los resucitados, sean unos infelices, sino porque, en realidad, se encuentran más allá de la disyuntiva entre la dicha y la desdicha.