la falacia del relativismo moral
enero 31, 2013 § Deja un comentario
En los asuntos de la moral suele decirse aquello de que cada uno —aunque, quizá deberíamos decir, cada cultura— posee su sentido del bien y el mal. Que no hay, por tanto, ni bien ni mal, sino diferentes modos de entender lo que debemos hacer o evitar, moralmente hablando. Así, lo que a unos les parece aberrante, pongamos por caso, el canibalismo, a otros (a los caníbales, sin ir más lejos) les parece inexcusable. Y, ciertamente, las circunstancias explican por qué creemos que debemos hacer una cosa y no otra, del mismo modo que nuestra diferentes posiciones dentro de un mismo paisaje explican las diferencias entre los dibujos que podamos hacer del mismo. Sin embargo, el hecho de que podamos ver que hay un jardín tras el muro porque nos hemos subido a un árbol, no quita que efectivamente haya un jardín ahí detrás. Es obvio que si permaneciéramos de por vida encarando el muro no veríamos lo que hay más allá. Que estemos subidos al árbol explica, sin duda, que podamos ver algo más que la blanca pared de un muro. Pero, en último término, si podemos ver un jardín es porque hay efectivamente un jardín por ver. Que la visión de lo que exige ser visto dependa de que estemos en una determinada situación no implica que la visión de lo que exige ser visto se reduzca a las condiciones que definen esa situación. O, por decirlo de otro modo, cada visión depende, ciertamente, de un punto de vista. Pero de ahí no se deduce necesariamente que cada visión valga por igual. Quien dice que no hay más que muro simplemente no lo ha visto todo. Traducción: una cosa es que nos parezca que debemos comernos al enemigo, por aquello de la fuerza de las costumbres, y otra que debamos en verdad hacerlo. No es lo mismo creer que uno debe moralmente exterminar al enemigo y otra creer que debe amarlo, aunque de hecho no pueda. La visión que hay detrás de cada exigencia no posee el mismo alcance. En el primer caso el enemigo no es más que lo que representa. En el segundo, es más que lo que representa. En el primer caso, la exigencia nace de nuestra necesidad. En el segundo, de la captación del carácter sagrado, es decir, inalcanzable de la alteridad.